Esas palabras, dirigidas hacia ella, tenían un matiz bastante insultante.
El ritmo de la respiración de Aitana se alteró, pero aún quería hacer un último esfuerzo.
—Siempre usas este tipo de palabras para herirme, ¿no podemos hablar tranquilamente, Alejandro?
Alejandro se metió las manos en los bolsillos, mirándola con frialdad.
Era como si le estuviera diciendo que hablara rápido para que luego se largara.
—¿Octavio Longoria te mandó a convencerme?
—No.
Aitana notó claramente el medio paso que él dio hacia atrás, sus ojos se oscurecieron.
—Solo quería hablar contigo.
Alejandro pareció encontrar curiosa su excusa, así que torció ligeramente la comisura de los labios.
—Entonces, ¿sabes por qué estoy aquí?
Porque Valeria Figueroa estaba internada aquí.
Su mirada se concentró en lo profundo de sus pupilas, oscuras e insondables.
Esa profunda atracción hizo que el corazón de Aitana se acelerara incontrolablemente.
—Lo sé. —Su mirada se desvió un poco hacia abajo, sin atreverse a mirar a los ojos del hombre—. Valeria no tiene familia en San Cristóbal y, al fin y al cabo, está contigo, así que es lógico que la cuides.
—Ya que lo sabes, ¿entonces planeas ser la tercera en discordia entre nosotros?
...
¿De verdad le estaba diciendo algo así?
Aitana tomó una respiración profunda y habló con voz suave:
—Alejandro, tú solo estás pasando el rato con ella, ¿verdad?
—Creer en tus propias ilusiones constantemente solo terminará arruinándote. —La figura erguida de Alejandro estaba justo bajo la luz, y las palabras que salieron de sus labios fueron absolutamente despiadadas.
—Nunca he dicho que esté solo pasando el rato con Valeria, todo está en tu imaginación. ¿Acaso creías que... por el hecho de rechazar mi declaración yo debería haber seguido rogándote, como una simple opción de reserva? Lástima, Valeria y yo vamos muy en serio, nos amamos profundamente.
Por un instante, los nervios del cerebro de Aitana parecieron haber sido embestidos por algo, dándole una punzada de dolor que adormeció su cuero cabelludo.
Van muy en serio, nos amamos profundamente.
Su profunda mirada se detuvo en el rostro de ella durante un par de segundos y luego se desvió.
Se dio la vuelta y se fue.
Había crecido junto a Aitana desde que eran niños. No iba a decir que sentía una gran pasión romántica, pero al menos había algo de cariño entre ellos.
Al principio, por respeto a sus familias, no quería hablarle con tanta dureza, pero la actitud de la mujer aquel día había sobrepasado por completo sus límites.
La figura del hombre no tardó en desaparecer por la puerta de la sala de hospital, sin siquiera mirar atrás.
Aitana se quedó atónita mirando en esa dirección por un largo rato.
No lo entendía.
Solo había rechazado su declaración una vez, ¿cómo habían llegado a este extremo?
Alejandro le había dicho que se le declaró por cierta razón.
Ella supuso que era por presión de su familia.
Precisamente por eso, Aitana tenía tantas dudas.

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