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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 299

Al oír eso, a Denisa le temblaron las piernas y, presa del pánico, se tiró al suelo a rogarle.

—¡Abuela, se lo ruego! No me haga esto. Haré todo lo que me pida, pero por favor, no me obligue a casarme con alguien que no quiero. Si me fuerza a hacerlo, de verdad prefiero morirme. —Las lágrimas le escurrían por el rostro.

—¿De verdad tengo que decirte que eres una plaga para esta familia? —La anciana ya no se andaba con rodeos.

Denisa, tirada en el suelo, temblaba como hoja mientras lloraba a mares.

Cristina, al escuchar el alboroto, salió deprisa desde el interior de la casa.

Al ver a Denisa echa un mar de lágrimas en el piso, se apresuró a interceder:

—Mamá, por favor, no la trate así. A ella también la vio crecer. No hay necesidad de ser tan dura.

La abuela miró a Cristina con indiferencia.

—Precisamente porque la vi crecer es que tengo que ser estricta para enderezarla.

—Denisa no tiene malas intenciones, mamá. ¿Por qué te ensañas con ella? Si cometió un error, yo misma le llamaré la atención. Ya no estás en edad de hacer estos corajes. —Cristina conocía el carácter de la anciana; cuando se encendía, las consecuencias eran impredecibles.

La anciana soltó un bufido y se quedó viendo a ese par de mujeres que tantos dolores de cabeza le daban.

—Cristina, sé que la quieres como a una hija, pero con muchas cosas te falta abrir bien los ojos para que no te vean la cara. De verdad que es vergonzoso.

Denisa ni siquiera se atrevía a respirar. Le aterraba que la vieja soltara de golpe todas sus sospechas. Si eso pasaba, Cristina también empezaría a dudar de ella y, entonces sí, lo perdería todo.

Por fortuna, la abuela seguía siendo una mujer de principios y prefería que la ropa sucia se lavara en casa.

Así que, mirando a Denisa desde arriba, sentenció:

—No estoy tratando de ser cruel, ni quiero correrte. Lo único que busco es que entiendas que perder tu juventud aferrada a algo que no va a ninguna parte, es de lo más estúpido.

Denisa se tensó y levantó la mirada empañada por el llanto.

La anciana la vio a los ojos con fijeza.

—¿Entiendes a qué me refiero?

Denisa hizo un gesto con los labios, pero no contestó nada.

Claro que lo entendía.

Pero no era capaz de aceptarlo.

Justo cuando el ambiente no podía estar más tenso, un Bentley negro entró por la puerta principal.

Era Luca, quien llegaba en el momento más inesperado.

Al ver la camioneta bloqueando el paso, se bajó de inmediato y se acercó. Encontró a Denisa tirada en el piso, bañada en llanto y temblando como un cachorrito abandonado.

Su ceño se frunció al instante.

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