—¡Abuela! —Luca se indignó de inmediato—. Sé que no te agrada Denisa, que crees que no es digna de la familia Torres. Pero en todos estos años, ella jamás nos ha traicionado. ¿Por qué te empeñas en hacerle la vida imposible?
—¡Eres un inconsciente! —La anciana se puso de pie, furiosa, señalándole el rostro—. Ayer dejaste a tu mujer sola en el hospital para irte a no sé qué fiesta en un crucero. ¿No te da vergüenza ser el hazmerreír de la gente?
—¿Quién se atrevería a burlarse? —El semblante de Luca se ensombreció—. Fue un simple compromiso de negocios. No hay motivo de burla.
La abuela lo observó. Sus ojos reflejaban decepción, dolor y una profunda fatiga.
Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en ese momento parecía ser completamente cierto.
—¡Luca! —La voz de la anciana se suavizó un poco—. Solo espero que te des cuenta de lo que estás haciendo.
Los ojos de Luca seguían gélidos, sin darle mayor importancia.
—Si sigues haciéndote el terco, ten mucho cuidado, no vaya a ser que se te vaya tu mujer —le advirtió la anciana señalándolo—. Y cuando eso pase, no cuentes conmigo para ayudarte a rogarle.
Luca respondió con un tono despreocupado:
—Si se quiere ir, ¿para qué le ruego? En el amor, nunca obligo a nadie, y tampoco me rebajaría a hacerlo.
Al escuchar eso, la abuela estuvo a punto de desmayarse del coraje y le dio un par de manotazos en el brazo.
—¡Nieto malagradecido! Más te vale cuidar bien a Natalia. No se te olvide los enormes beneficios que le ha traído al grupo y a Altium Médica. ¡No eches a perder las cosas!
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue, dejando a Luca plantado en su sitio, inmóvil.
Al enterarse de que la anciana había salido de la casa familiar, Denisa corrió de inmediato hacia allá.
Sacó la caja de cuero de la habitación y la llevó al exterior, junto al bote de basura donde antes se habían quemado las cosas de Adrián. Ahí, le prendió fuego y observó cómo se consumía.
Las llamas devoraron la parte donde estaba grabada la letra "T", reduciéndola a cenizas.
Martina estaba a un lado, echando un poco más de leña, sin atreverse a decir ni una palabra.
Denisa miró el fuego y esbozó una leve sonrisa.
Por último, volteó y le metió una pulsera de oro en la mano a Martina, suplicándole:
—Martina, si alguien llega a preguntar por esta caja en el futuro, te pido de favor que me guardes el secreto.
Martina se sorprendió, pero con tal de quedarse con la pulsera, asintió.
—Claro, señorita. De todos modos, no parecía que hubiera nada de valor adentro.
—Así es, no había nada de valor —concluyó Denisa, antes de darse la vuelta para irse.
Justo cuando estaba por arrancar su coche para irse, la camioneta de la señora Josefa regresó inesperadamente. Denisa se asustó e intentó hacer a un lado su coche, pero la camioneta se cruzó bruscamente en el camino, bloqueándole la salida por completo.
El corazón le dio un vuelco. Se bajó a toda prisa, tensa e inquieta, y agachó ligeramente la cabeza en dirección a la puerta del otro vehículo.
—¡Abuela!
La anciana se bajó de la camioneta y la miró de reojo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo