Medio dormida y sin poder abrir los ojos, lo único que hacía Aria era agarrar su manta y cubrirse la cabeza, pretendiendo que no existía.
Patricio tenía que ir a la empresa, hoy no podía faltar a una reunión de accionistas y por la tarde tenía que firmar un contrato.
El personal que sus padres habían enviado para atender a Aria, tocó la puerta de nuevo.
Aria, con la cabeza cubierta, les ordenó pasar en voz baja.
Elena, con permiso, entró y le dijo, “Señora, ¡el Señor ya te está esperando abajo!”
¡Uh!
Aria destapó la manta de golpe, mostrando su delicado rostro de muñeca, al pensar en esos ojos de Patricio que, aunque parecían sonreír, eran tremendamente intimidantes.
No pudo evitar estremecerse.
No había de otra.
Es que este señor, no tenía muy buena fama en La Margarita.
Lo que más le impresionaba a Aria era cuando, en sus años de juventud, Patricio se metía en problemas con su moto, siendo traicionado por un grupo de hijos de familias ricas.
Luego, se supo que, en una noche de tormenta, ocurrió un accidente en el puente sobre el río, con varias motos cayendo al agua.
A pesar de su apariencia serena y culta, con sus gafas de montura de plata y un nombre que sonaba tierno, sus métodos eran brutales y tenía un carácter sombrío y desobediente. Se decía que ni sus padres podían con él.
Aunque Aria ya estaba preparada para tratar con el tigre, no podía evitar sentirse nerviosa.
Se apuró a vestirse y bajó con la sirvienta.
Al llegar al comedor, vio en la mesa una caja de medicamentos y un vaso de agua.
Patricio, con sus dedos, golpeó despreocupadamente la mesa dos veces. "Por si te olvidas."
Así que, antes de irse a la empresa, se aseguraba de que ella tomara la medicina.
Aria: “……”
Ella realmente lo habría olvidado por completo.
Aria se tomó la pastilla con agua, y después no olvidó abrir bien la boca.

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