Lucía, al oír lo que dijo su querida hija, arrastró a Héctor para ver las cámaras de seguridad. Al ver en ellas cómo ese hombre de treinta y tantos años defendía a Aria, Lucía no pudo evitar soltar una risita burlona.
Un tipo que rondaba los cuarenta años, presumiendo de su carro lujoso, y había logrado engañarla. ¡No podía creer cómo habían criado a una chica tan ciega y despreciable!
Le soltó a Héctor una tormenta de reclamos: “¡Por favor! Yo decía de devolverla al orfanato o echarla de casa, pero tú insistías en que, después de criarla tantos años, algo de cariño había. ¡Mira lo que ha hecho, el nombre de nuestra familia lo ha arrastrado por el suelo!”
“¡Si no fuera porque necesitamos su corazón para Delsa, juro que la acabaría!”
¡Fue Aria quien había usurpado el lugar que le correspondía a Delsa durante tantos años! Su verdadera hija había tenido que pasar por tantas penurias y enfermedades por culpa de Aria.
Desde que Delsa cayó enferma, Lucía se sintió totalmente agotada, sin un ápice de paciencia.
Necesitaba tomar aire, o de lo contrario, ¡Aria la iba a matar de la rabia!
Al salirse, en la habitación solo se quedaron Delsa y su padre Héctor, se miraron entendiendo la situación sin necesidad de palabras.
Sin embargo, lo que Héctor le dijo a continuación fue escalofriante.
“Esta mujer sigue siendo igual de fácil de engañar. Lucía tiene sus contactos, y en cuanto logre traer de vuelta a Aria, te aseguro que la haré morir en esa mesa de operaciones”.
Al oír estas palabras tan macabras, Delsa no pudo ocultar su excitación en su rostro aún pálido.
“Exacto, y después le diremos a Lucía que la desgraciada de Aria era su verdadera hija”.
Se rieron con malicia, imaginándose todo eso.
Delsa, llena de excitación, mostró un leve rubor en sus pálidas mejillas, dándole un aspecto algo más saludable.
“¡Papá, tienes que ser firme!”
Héctor, con una mirada feroz, asintió con determinación. “¡Tranquila!”
Para él, su matrimonio con Lucía solo había sido una alianza comercial. Solo había amado a una mujer en su vida.

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