"Ricardo y yo nos quedaremos a vivir aquí, justo tengo algunas cosas que terminar en el taller".
Natalia llevaba tiempo sin volver y extrañaba cada rincón de este lugar.
La mirada de Ricardo recorrió los muebles, el sofá, cada espacio del salón, hasta posarse en Natalia.
Se acercó y la rodeó con un abrazo suave: "¿Fue muy duro todo este tiempo en Coronilla?"
Desde la enfermedad, la rehabilitación hasta montar su propio negocio, Ricardo no se animaba a imaginar lo que Natalia había tenido que enfrentar.
Esas palabras de Ricardo tocaron el rincón más delicado del corazón de Natalia, quien apretó los labios sin darse cuenta.
"Fue duro".
Después de recuperarse, ella empezó su emprendimiento.
Al principio estaba sola, rechazó incluso la ayuda de Gerardo.
Quería valerse por sí misma.
Durante medio año, vivió en el taller, hasta que consiguió su primer gran contrato y pudo alquilar una casa.
Con el tiempo, el taller creció y ella ahorro lo suficiente.
Tras mucho pensar, decidió comprar una villa en Morada de los Ángeles.
El día que adquirió la villa, por fin sintió seguridad, como si Coronilla entera se rindiera a sus pies.
La villa había sido decorada a su gusto, había sido cara, pero lo disfrutó.
Nunca habló con nadie de sus años de sufrimiento, de las humillaciones y desprecios que tuvo que soportar.
Pero no pudo resistirse a compartir con Ricardo sus vivencias de esos años.
Ricardo, escuchando, se estremecía y sentía un remordimiento profundo. Si él hubiera cuidado mejor de Natalia, ¿habría pasado ella por tantas penurias?
Pasaron toda una tarde abrazados, compartiendo los recuerdos de esos cinco años hasta que al final, Natalia ya exhausta, se quedó dormida.
Ricardo la levantó y la llevó a la habitación.
La villa estaba vacía y sin provisiones.
Él llamó a sus empleados para que trajeran los ingredientes más frescos.
En plena luna de miel, él estaba de excelente humor y decidió cocinar una cena espléndida.

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