El día antes de la gala, el taller de "Aromas del Alma" era un oasis de calma.
Afuera, la Ciudad de México rugía con su tráfico y su prisa habitual. Adentro, el único sonido era el suave murmullo del sistema de ventilación y el tintineo ocasional del cristal.
Abril no estaba creando una nueva fórmula. No estaba atendiendo a ningún cliente. Hoy, el taller era solo para ella.
Estaba de pie ante su "órgano" de perfumista, la estación de trabajo con cientos de pequeños frascos de aceites esenciales dispuestos en gradas.
La luz de la mañana iluminaba los líquidos de colores, desde el pálido oro del jazmín hasta el oscuro ámbar del vetiver.
Pero su atención estaba en un solo frasco. "Claridad".
Con una pipeta de vidrio, extrajo una pequeña cantidad del perfume.
El líquido era perfectamente transparente, como agua de manantial. Sus movimientos eran lentos, precisos, meditativos.
Tomó un pequeño y elegante atomizador de viaje, una pieza de cristal tallado con detalles de plata que había encargado a un artesano de Taxco.
Con una mano firme, decantó cuidadosamente el perfume en el atomizador. Gota a gota. Sin prisa.
El aire se llenó con el aroma de su creación: el olor limpio y purificador del palo santo, la nota herbal de la salvia blanca y ese toque eléctrico y fresco del ozono, como el aire después de una tormenta que ha limpiado el mundo.
No estaba nerviosa por el evento de mañana.
Iba como una jugadora. Una jugadora que conocía las reglas, que había estudiado a sus oponentes y que llevaba su mejor pieza oculta, lista para ser desplegada en el momento preciso.
Cerró el atomizador de cristal con un suave clic. El sonido resonó en el silencio del taller.
Lo sostuvo en la palma de su mano. No era solo un perfume. Era su coraje embotellado. Su verdad líquida.
Su preparación no era para un evento social.
Era para un enfrentamiento estratégico. Y ella estaba preparada para ganar.

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