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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 81

El sol de la tarde caía a plomo sobre los impecables campos de césped del Campo Marte.

El exclusivo torneo de polo era uno de los puntos culminantes del calendario social, un lugar donde los negocios se cerraban entre chukkers y las alianzas se forjaban al calor del champán.

Simón odiaba el polo. Le parecía un deporte lento, pretencioso y aburrido. Pero no estaba allí por los caballos ni por el juego.

Estaba allí porque sabía que Abril estaría presente.

Se había enterado a través de la esposa de un socio, que había comentado casualmente: "¡Tu esposa es la comidilla de la ciudad! El banquero Alberto de la Torre la invitó a su palco privado en el polo. ¡Qué nivel!".

La noticia lo había golpeado con una fuerza inesperada. Alberto de la Torre era uno de los hombres más poderosos y discretos del país. Y ahora, Abril estaba en su círculo.

Simón se mantuvo en la periferia, en la terraza de uno de los patrocinadores, observando desde la distancia. Se sentía como un detective privado, una sensación que le resultaba humillante y extrañamente excitante.

Y entonces la vio.

Estaba en el palco principal, de pie junto a De la Torre. No llevaba un atuendo llamativo como las otras mujeres, que competían en una batalla silenciosa de marcas y joyas. Abril llevaba un sencillo vestido de lino blanco que caía elegantemente hasta sus tobillos y un sombrero de paja de ala ancha que ocultaba parcialmente su rostro.

Se reía de algo que decía un hombre a su lado, una risa genuina y relajada. Se movía con una confianza natural, conversando con un grupo de personas cuyos rostros solo veía en las portadas de las revistas de negocios.

Simón la observó, hipnotizado.

No era la atracción condescendiente que sentía por la mujer hermosa pero vacía que él creía que era. Era algo diferente. Era la atracción por su poder, por su inteligencia, por la forma en que se mantenía erguida bajo el sol, completamente dueña de sí misma.

Estaba fascinado por la mujer en la que se había convertido. La mujer que él mismo había creado a través de su propia ceguera.

La observó durante casi una hora, inmóvil, mientras el partido de polo se desarrollaba olvidado ante sus ojos. Vio cómo la gente se inclinaba para escucharla, cómo sus opiniones eran valoradas, cómo su presencia iluminaba ese pequeño rincón del palco.

Simón Ferrer, el hombre que creía tenerlo todo, se dio cuenta de que estaba mirando a la única cosa que realmente quería.

Y era la única cosa que ya no podía tener.

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