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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 57

Llegó a casa pasada la medianoche.

Las luces estaban apagadas, a excepción de una pequeña lámpara en la sala. Su esposa, Elena, lo esperaba en el sofá, con un libro abierto sobre su regazo, aunque no estaba leyendo.

Ella lo conocía demasiado bien. Vio la tormenta en sus ojos en cuanto entró.

—Trabajando hasta tarde —dijo ella, su voz suave, sin reproche.

Ramiro asintió, dejando su maletín en el suelo. Se sentó pesadamente en el sillón de enfrente, pasándose las manos por la cara.

—Ha sido un día largo.

Elena cerró el libro.

—¿Quieres hablar de ello?

Él dudó. Durante cinco años, habían evitado el tema de "Ferrer Arquitectos" tanto como era posible. Era una herida que nunca había cerrado, y hablar de ello solo la hacía sangrar de nuevo. Pero esta noche era diferente.

—He recibido una visita hoy. En la oficina.

—¿Un cliente nuevo? —preguntó ella con una chispa de esperanza.

—No exactamente —Ramiro la miró—. Era Abril Lozano. La esposa de Simón Ferrer.

El nombre de Ferrer cayó en la silenciosa sala como una piedra. Elena se tensó, la hostilidad apareció instantáneamente en su rostro.

—¿Qué quería esa mujer? ¿No nos han hecho ya suficiente daño?

—Quería hablar del pasado —dijo él, y procedió a contarle todo. La oferta, la conversación, la tarjeta, el dinero.

Cuando terminó, Elena se quedó en silencio por un largo rato, procesando la información. Ella había sido su roca durante todo el calvario. Había visto sus noches de insomnio, su lucha por reconstruir algo, cualquier cosa, desde las ruinas de su carrera. Ella había odiado a los Ferrer con una ferocidad que él, sumido en su propia depresión, a veces no podía igualar.

—Es una trampa, Ramiro —dijo ella finalmente, pero su voz carecía de la convicción que él esperaba.

—Eso pensé yo —admitió él—. Pero... hay algo diferente en ella. No es la mujer que recordamos. Tiene poder ahora. Su propio poder.

Elena lo miró, sus ojos buscando los de él en la penumbra.

—¿Y tú le crees?

Sus palabras eran el permiso que él no sabía que necesitaba. El empuje final.

Esa noche, Ramiro no pudo dormir.

Mientras Elena dormía a su lado, él se levantó en silencio y fue al estudio. Se detuvo frente a un gran armario de madera. Abrió las puertas.

Detrás de viejos abrigos y cajas de adornos navideños, había una caja de almacenamiento de plástico, grande y sellada con cinta adhesiva.

La sacó. Estaba pesada, cubierta de polvo.

La puso en el suelo y cortó la cinta con un cúter.

Dentro, había una montaña de documentos, carpetas, libretas de notas y, en el fondo, varios discos duros externos.

Era su archivo personal. Todo su trabajo, cada correo electrónico, cada borrador de proyecto de sus quince años en "Ferrer Arquitectos".

El material que, por un instinto de supervivencia, nunca se atrevió a tirar.

Abrió una de las carpetas. El viejo logo de la firma lo saludó como un fantasma.

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