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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 56

La noche cayó sobre Coyoacán.

Las luces de la calle Centenario arrojaban un brillo anaranjado sobre el pavimento, pero la oficina de "Estructura Viva" estaba a oscuras, salvo por la solitaria lámpara de escritorio que iluminaba a Ramiro Vargas.

El resto de la ciudad se había ido a casa. Él no podía.

Sobre la superficie de madera, la tarjeta de visita y el sobre de Abril yacían como artefactos de otro mundo.

Había pasado horas mirándolos.

Primero, el sobre. Lo tomó. Era pesado, denso. El grosor del fajo de billetes en su interior era evidente. Su primer impulso fue de ira. ¿Creía que podía comprarlo? ¿Comprar su dolor con el dinero manchado de su esposo?

Lo arrojó a un lado con desprecio.

Luego, sus ojos se posaron en la tarjeta.

Era diferente. El cartón era de un gramaje exquisito, texturizado. Las letras estaban grabadas en un sutil tono cobre. "Abril Lozano", decía. No "Abril Ferrer". Y debajo, "Fundadora. Aromas del Alma".

La elegancia, el minimalismo, la confianza que emanaba ese pequeño rectángulo de papel, le intrigaban.

Con un suspiro de resignación, giró hacia su vieja computadora de escritorio. Abrió el navegador de internet, sus dedos tecleando el nombre de la empresa casi a su pesar.

"Aromas del Alma".

Lo que encontró lo dejó perplejo.

La página web era como la tarjeta: minimalista y misteriosa. No había productos a la venta. Solo una galería de imágenes evocadoras —paisajes de Oaxaca, alambiques de cobre, manos trabajando con hierbas— y una sección de "Prensa".

Hizo clic.

El primer artículo era de la columna de Ricardo "El Lobo" Mendoza.

Se dio cuenta de que Abril no estaba mintiendo sobre su nueva influencia.

Y si no mentía sobre eso, ¿estaría mintiendo sobre lo demás?

La oferta de "justicia" resonó de nuevo en su mente, pero esta vez con un matiz diferente. Ya no sonaba como una fantasía vacía. Sonaba como una posibilidad.

Una posibilidad alimentada por el poder y los recursos de una mujer que, al parecer, tenía tantas razones como él para odiar a Simón Ferrer.

La amargura acumulada durante cinco años comenzó a mezclarse con una emoción nueva y peligrosa: la esperanza.

Miró el sobre de dinero que había despreciado.

Quizás no era un insulto. Quizás, como ella dijo, era un gesto de respeto. El primer gesto de respeto que había recibido en cinco años.

Lentamente, alargó la mano y lo acercó.

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