La puerta del bar se cerró con un suave chirrido, y el espacio que Ramiro Vargas había ocupado se llenó de un silencio denso y pesado.
Simón se quedó solo.
Completamente solo, en medio de la penumbra dorada, con la carpeta de cuero actuando como una lápida sobre la mesa.
El mesero se acercó con la cautela de un animal que siente el peligro. —¿El señor va a ordenar algo más?
Simón levantó la vista, sus ojos desenfocados. Las palabras tardaron un momento en registrarse.
—Sí —dijo, su propia voz sonando lejana, extraña—. Otro whisky. Doble.
El mesero asintió y se retiró.
Simón miró la carpeta. No la abrió de nuevo. No necesitaba hacerlo. Cada palabra, cada correo, cada revelación estaba grabada a fuego en su cerebro.
El mesero regresó y colocó el vaso pesado sobre la mesa. El líquido ambarino capturó la luz, brillando como un ojo malévolo. El olor a malta y a turba le llegó, un aroma familiar, casi reconfortante.
Levantó la mano, sus dedos rozaron el cristal frío. El impulso era casi irresistible. Beber. Beber hasta que los bordes afilados de la realidad se suavizaran. Beber hasta que el dolor se convirtiera en un zumbido sordo. Beber hasta alcanzar el bendito olvido.
Conocía bien ese camino.
Un recuerdo lo golpeó con la fuerza de una ola. Se vio a sí mismo, cinco años más joven, en el estudio de su penthouse, rodeado de botellas vacías. Valentina acababa de dejarlo. El dolor en ese entonces había sido agudo, humillante. El dolor de un ego herido, de un amor propio destrozado. Había bebido durante semanas, sumergiéndose en una autocompasión furiosa, hasta que todo culminó en la noche del accidente.
Había bebido para olvidar a Valentina.
Necesitaba sentir cada fragmento de la verdad, cada espina de la culpa. Se lo debía a Vargas. Se lo debía a la mujer silenciosa que había compartido su casa durante cinco años. Se lo debía a sí mismo, al hombre que podría llegar a ser si sobrevivía a esta noche.
Lentamente, con una deliberación que le costó cada gramo de su fuerza de voluntad, retiró la mano del vaso.
Lo dejó intacto sobre la mesa.
Por primera vez en cinco años, cuando se enfrentaba a un dolor insoportable, Simón Ferrer eligió la claridad en lugar del olvido.
Se levantó, dejando el whisky sin tocar, un pequeño monumento a una decisión monumental. Dejó también la carpeta sobre la mesa. No la necesitaba. La verdad ya no estaba en los papeles.
Estaba dentro de él.

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