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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 2191

Aunque no entendía lengua de señas, más o menos lo adiviné: Sofía no quería dejar al señor Pedro.

Así que, viendo la situación, Sofía también debía de sentir algo por él.

Pero, ¿por qué la sonrisa del señor Pedro se veía tan amarga?

Él le acarició el cabello a Sofía y sonrió con mucha ternura, pero en su mirada había una tristeza que hasta dolía un poco.

—Lo sé. Me estás muy agradecida porque te salvé y porque te traté bien. Pero también sé que tu cariño y apego hacia mí nunca tuvieron nada que ver con el amor.

Sofía siguió negando con la cabeza. En ese momento, hasta parecía odiarse por no poder hablar.

El señor Pedro la apretó con fuerza entre sus brazos, con los ojos llenos de renuencia a soltarla.

—Conozco demasiado bien los métodos del señor Felipe. Pase lo que pase, no voy a permitir que te hagan el más mínimo daño. En cuanto a ese hombre… él es el nudo que llevas en el corazón. Aprovecha esta oportunidad y ve a verlo.

La razón por la que el señor Pedro se mostraba tan reacio a separarse de ella era, probablemente, porque ya se había preparado para lo peor: que una vez que Sofía se fuera, tal vez no volvería a su lado.

Mateo de pronto me tiró de la mano, indicándome que saliera con él.

Volví la mirada hacia la pareja que seguía abrazada y, al final, salí del estudio en silencio con Mateo.

Básicamente, ya habían hablado de todo lo importante. Por cómo se veían las cosas, al final el señor Pedro sí va a esconder a Sofía en la casa de Waylon.

De regreso, Mateo volvió a ponerse la máscara.

Así, aunque los hombres del señor Felipe lo vieran, no habría problema.

Si el señor Felipe preguntaba, yo iba a decir que había ido a llevarle un “mensaje” al señor Pedro, y que Darío, preocupado por si lo traicionaba, había aprovechado la excusa de traerme de vuelta para ir a tantear la situación.

Claro, era mejor todavía si los hombres del señor Felipe no nos veían.

Pero desde que él había dejado de ponerme a prueba, ya no nos vigilaba a mí y a Darío tan de cerca como antes.

También era lógico. Ya me había probado tantas veces que, si no me daba un poco de confianza, de verdad no tendría sentido.

Hasta que regresamos al ático, yo seguía desanimada, con una opresión en el pecho que no se me quitaba.

Mateo ya había salido del baño después de bañarse.

Me miró una vez, luego se sentó en la cama y, como si nada, sacó el frasco de medicina que le dio Waylon para ponerse pomada en las heridas.

Al verlo, volví en mí al instante y enseguida me acerqué.

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