—Aurora, ¿de verdad te gusta tanto mi cuerpo?
Sus dedos rozaron mi labio inferior, el gesto era ambiguo y su voz llevaba un dejo de emoción contenida. Bajo su mirada me sentí débil, mi respiración se volvió irregular y, al humedecer mis labios, sin querer rocé sus dedos. Ese leve contacto recorrió mi cuerpo, haciéndome estremecer.
La mirada de Mateo se volvió más profunda, inclinándose aún más cerca- La distancia entre nosotros era tan mínima que podía sentir su respiración. Su presencia me envolvía por completo, dejándome sin posibilidad de resistirme.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no dices nada? Hace un momento estabas tocando mis abdominales sin pena, ¿y ahora no puedes?
Al ver que no respondía, se inclinó hacia mi oído. Su aliento cálido me provocó un cosquilleo.
—¿O es que mi esposa está pensando… en cómo ir un paso más allá conmigo?
—¡N-no digas tonterías! ¡Claro que no!
Mi voz temblaba y mis mejillas ardían. Este hombre era demasiado provocador, siempre jugando conmigo hasta dejarme sin defensas.
Intenté apartarlo, pero él sujetó mis muñecas y las presionó contra el respaldo del sofá, atrapándome entre su cuerpo. Su pecho se pegó al mío, su calor atravesando la ropa, dándome una extraña sensación de seguridad… y al mismo tiempo desordenando aún más mi mente.
Bajó la cabeza y besó mi cabello, el gesto delicado contrastaba con la intensidad en su mirada.
—Sí, tienes razón, tú no… soy yo.
Su voz era baja, suave, pero con una firmeza imposible de rechazar.
—Soy yo quien se dejó provocar por mi esposa… soy yo quien quiere dar ese siguiente paso contigo.
“Qué descarado… llamándome esposa una y otra vez… ¿quién es su esposa?”

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