Sin darme cuenta, volví a acariciar su abdomen un par de veces más. Mis dedos parecían pegados a él; reacios a retirarse. Este hombre tiene un cuerpo increíble… sus abdominales estaban bien definidos. Aunque habíamos sido íntimos muchas veces, me di cuenta de que rara vez me había detenido a apreciarlos con tanta atención.
Mis dedos recorrieron las líneas de sus músculos y el calor que transmitían se extendió desde mis dedos hasta lo más profundo de mi corazón, provocándome un cosquilleo inquietante. Hasta que sentí una respiración pesada sobre mi cabeza, me estremecí y reaccioné a lo que estaba haciendo.
Mi mano se detuvo y, al alzar la vista, choqué con la mirada profunda de Mateo. No sabía en qué momento había bajado la cabeza, pero me observaba fijamente, con una sonrisa apenas insinuada y una respiración más intensa; su aliento cálido rozando mi frente.
—¿Ya terminaste de tocar?
Su voz era un poco ronca, con un tono insinuante que dejaba ver el efecto que le había causado.
Mis mejillas se encendieron. Intenté retirar la mano como si me hubiera quemado, pero él sujetó mi muñeca y la volvió a presionar contra sus abdominales.
—Si a mi esposa le gusta, puede tocar todo lo que quiera.
Se inclinó un poco más, tan cerca que podía percibir el aroma de su cuerpo: una mezcla de medicina y notas frescas que me envolvía por completo, disipando mi vergüenza.
Al final, decidí rendirme y seguirle el juego, mis dedos volvieron a deslizarse con descaro sobre su piel, mirándolo a los ojos mientras murmuraba:
—Es que tienes muy buen cuerpo… antes no me había fijado bien.
Era la verdad. Al principio, cuando estábamos juntos, yo era más pasiva y él demasiado dominante, así que solo sentía vergüenza o molestia. Más tarde, cuando ya nos queríamos, lo que predominaba era la emoción del momento. Nunca me había detenido a observarlo así.
Al tocarlo de cerca, notaba lo bien definido que estaba, la cintura firme y los músculos marcados, duros; pero con cierta elasticidad, dando una sensación increíble al tacto. Cuanto más lo tocaba, más me gustaba. Mis dedos se movían desde sus abdominales hasta su cintura, sintiendo la fuerza contenida bajo su piel.
—Mateo, ¿qué comes para tener un cuerpo así?

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