El salón estaba abarrotado. Las lámparas de cristal proyectaban su luz sobre las siluetas en movimiento, y el perfume, las telas finas y el champán creaban en el aire una especie de bruma brillante. Desde la pista de baile llegaban aplausos intermitentes. Por un momento, me volteé y, entre las figuras que daban vueltas, distinguí a Renata bailando con Ricardo.
Como anfitriona de la noche, cada paso suyo acaparaba todas las miradas; la multitud se arremolinaba a su alrededor, así que casi nadie reparaba en mí ni en Javier. Por otro lado, no sabía qué estaba haciendo Mateo, al que el señor Felipe se había llevado aparte, y sentí una gran angustia.
¿Y si Jeison también había descubierto la verdad? ¿Y si ya le había dicho al señor Felipe que "Darío" era en realidad Mateo disfrazado? ¿Y si lo habían llamado a solas para deshacerse de él?
Solo pensarlo me aterraba.
Javier caminaba con zancadas largas, sin soltarme la muñeca; yo me tragaba el miedo y la irritación mientras le seguía el paso. En el fondo, no servía de nada imaginar lo peor; primero debía averiguar qué era lo que Jeison sabía de verdad.
A lo largo del corredor aparecían varios letreros que indicaban los baños, con letras doradas incrustadas en placas de madera tallada. Algunos estaban en las esquinas, donde bastaba empujar la puerta y ya había camareros listos para atender; y otros se ocultaban junto a las salas de descanso, detrás de cristales esmerilados, desde donde se filtraban una luz amarilla y el murmullo del agua. Pero Javier no se detenía, pues parecía conocer el lugar como la palma de su mano.
Me llevó directo por una puerta lateral que tenía una pesada cortina de terciopelo rojo. En cuanto la cruzamos, el ruido del banquete se fue apagando y solo llegaba la música lejana.
Un sendero de losas de piedra azulada reemplazaba el suelo, y a sus lados había rosales perfectamente recortados y arbustos de gardenias blancas; la brisa nocturna, húmeda y con olor a hierba, se sentía fresca sobre la piel.
De vez en cuando, las lámparas de pared proyectaban destellos irregulares sobre el camino; eso me generó un mal presentimiento. Con más atención, noté que en cada cruce también había señales hacia otros baños: algunos conducían a la parte trasera del edificio principal, y otros, a los pabellones del jardín. Sin embargo, Javier seguía avanzando, decidido, en una sola dirección.
Molesta ya, por fin lo detuve jalándolo del brazo.

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