No podía negarlo: ese hombre era muy peligroso; tenía una perspicacia poco común. Siempre parecía callado, como si solo supiera mirar el espectáculo y echar leña al fuego, pero en realidad lo tenía todo clarísimo; e incluso notaba que Jeison trataba a Javier diferente. Esa capacidad de observación era inquietante.
Por otro lado, la frase de Waylon, junto con su expresión exagerada, acabó por sacar de quicio a Javier. Él lo miró, muy serio, y le advirtió:
—Te dije… que te apartes.
Waylon bajó la cabeza, se rio entre dientes y, en lugar de responderle, me miró a mí.
—Aurora… dime algo. ¿Cómo es que tú eres más "entusiasta" que la señorita Alma?
En cuanto dijo eso, Henry se molestó y le lanzó una mirada de reproche. Sin embargo, Waylon ni se inmutó; me miró, con una sonrisa descarada.
—Aquí estás con tu marido, con Darío, y también con Javier… ¿te alcanza el tiempo para todos? ¿O es que te están obligando? —preguntó Waylon; y mientras hablaba, vio que Javier me tenía aferrada de la muñeca y se rio—. Mira, por la amistad que tenemos, si te están obligando, solo dime una palabra. Yo aquí no mando mucho, pero estoy respaldado por la señorita Alma. Poner en su sitio a un "forastero" no debería ser tan difícil.
Decirle que sí, que me estaban obligando… era exactamente lo que quería hacer. Pero Javier había adivinado que "Darío" era Mateo, y si se lo decía al señor Felipe, todo se iba a acabar. Así que no podía resistirme ni un poco. Me tragué la rabia y le respondí a Waylon, cortés:
—Aprecio tu intención, pero sí tengo un asunto serio que hablar con Javier.
—¿Asunto serio? —Waylon se rio un poco, y esa manera suya de reírse era especialmente irritante.

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