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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1931

Cuando Darío me empujó, la verdad es que no usó mucha fuerza. Fui yo la que, a propósito, me tambaleé para chocar contra el señor Felipe.

El señor Felipe, por reflejo, se apartó enseguida. Por suerte, yo también estaba actuando y supe controlar el movimiento: no caí haciendo el ridículo, sino que aproveché el impulso para apoyarme en el borde de la cama que estaba detrás de él.

Cuando vio lo que pasaba, Darío lo miró completamente desconcertado.

—Señor… ¿por qué se apartó? —dijo—. ¿Es que le da asco porque ya la toqué yo? Si hubiera sabido, me aguantaba un poco para que usted fuera primero. Ahora… ¿qué hacemos?

Mientras hablaba, hasta daba saltitos como si estuviera arrepentido y desesperado de verdad. Si no fuera porque todas las señales apuntaban a que era Mateo, aunque me mataran no creería que pudiera actuar así.

El señor Felipe parecía todavía más molesto, como si rápidamente se hubiera quedado en una posición incómoda.

Yo, por mi parte, me quedé apoyada en la cama llorando, repitiendo "no, no", con todo el cuerpo temblando sin parar. Darío, fingiendo que se le acababa la paciencia, me gritó:

—¡Te dije que dejaras de llorar! ¿No escuchas? Estás molestando al señor Felipe. Si sigues así, te las vas a ver conmigo.

Luego, con expresión de culpa, le habló otra vez al señor Felipe:

—Todo es culpa mía. Usted por fin tenía ganas y resulta que yo me le adelanté. Señor Felipe, pégueme, regáñeme si quiere. La próxima vez que aparezca una mujer interesante, se la voy a presentar primero a usted, sin falta.

El señor Felipe sonrió, aunque si uno se fijaba bien, había algo incómodo en esa sonrisa.

—No te lo tomes así. No es que me moleste que hayas sido tú primero —dijo con tono amable—. Es solo que se nota que de verdad te gusta. Y, viendo cómo llora, si me la llevara a la fuerza, quizá haría alguna tontería. Pensándolo bien, mejor dejarlo. Mujeres hay muchas; no voy a pelear con mis subordinados por una, ¿no te parece?

—Vamos, ¿"pelear con un subordinado"? —respondió Darío exaltado—. Todo lo mío es suyo. Nuestras vidas mismas le pertenecen; esta perra barata es lo de menos. Señor Felipe, si de verdad quiere probar algo nuevo, aunque tenga que atarla, se la llevo a su cama.

—No, no, mejor no… —el señor Felipe se rio fuerte.

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