Lo miré, tragué saliva y me quedé muda del miedo. Darío no dijo nada más; me apretó más fuerte entre sus brazos, caminó a zancadas y subió las escaleras. Los guardaespaldas venían detrás, riéndose.
Yo temblaba entera y mi cabeza era un caos. ¿Era Mateo o no?
Si no era él, ¿cómo iba a escaparme de esta?
Al principio pensé que, cuando estuviéramos solos, iba a hablar claro con él para averiguar a toda costa si era Mateo. Pero la situación se había salido de control, muy lejos de lo que me imaginé. ¿Qué podía hacer? Nada más de pensar en lo que iba a pasar, empecé a temblar todavía más.
—¿A qué le tienes miedo? —Darío se dio cuenta de mi pánico y, entre risas roncas, me dijo—: Te voy a "cuidar", deberías estar feliz. Tranquila, que aunque soy un poco bruto, en la cama sé cómo tratar a una mujer... ¡Ja, ja, ja!
Cuando escuché esa risa asquerosa, sentí que el corazón se me salía del pecho. Mateo nunca se reiría así. Incluso si de verdad fuera Mateo disfrazado y tuviera que mantener esa apariencia vulgar, escuchar esa risa me aterraba.
Todo ese miedo solo se me iba a quitar si él mismo me decía que era Mateo. De lo contrario, cualquiera se volvería loco en una situación tan incierta.
Rápido, Darío me llevó cargada a una habitación. Los guardaespaldas entraron todos detrás de nosotros, esperando ver el show. ¿Y ahora qué hago?
Con ellos de testigos, seguro que Darío iba a intentar hacerme algo. En cuanto pensé eso, me solté a llorar mientras temblaba y le supliqué:
—Déjeme... se lo ruego, déjeme...
—¡Cállate! —gritó Darío—. Voy a hacer que la pases rico y tú llorando. ¡Qué mujer tan malagradecida!
Mientras decía eso, me tiró en la cama. Yo estaba tan tensa que, apenas mi espalda tocó el colchón, me alejé rodando y me pegué a la cabecera.

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