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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1917

Ese destello hostil pasó demasiado rápido, tan rápido que parecía solo una ilusión mía. Cuando volví a mirarlo con atención, en su cara ya había reaparecido esa sonrisa tosca y salvaje.

—¡Fuera! ¿Acaso hace falta decir lo bueno que soy en la cama? Todos, rápido, vayan a entrenar. No se queden aquí estropeando nuestra privacidad.

—Eso no puede ser —se burló uno—. Es la primera vez del entrenador Darío; claro que tenemos que estar presentes para ser testigos.

—Exacto, exacto. Darío, el señor Felipe nos dio varios días libres justamente para que celebremos a lo grande.

—Entonces por la noche traeré también a mi chica para divertirnos un poco. Aunque seguro que no soy tan bueno como Darío.

—Ja, ja, ja. Eso es, todos queremos ver de lo que es capaz Darío.

Una decena de guardaespaldas hablaba sin parar. Aunque en apariencia se reían y mantenían un tono respetuoso con Darío, por mucho que él dijera, ninguno tenía intención de dispersarse. Todos querían subir a mirar cómo el entrenador "se ocupaba" de una mujer.

Era evidente que su objetivo era vigilarnos a Darío y a mí, comprobar si entre nosotros había algo más. Así que, dentro de ese castillo, iba a tener que medir cada palabra y cada gesto.

Darío los miró un momento y al final se rio fuerte.

—Está bien, está bien. Ya que insisten tanto en sumarse al espectáculo, suban todos.

Me puse tensa y lo miré con el corazón en un puño. Con tanta gente arriba, me iba a ser imposible preguntarle si era Mateo. Y, con todos jaleándolo, seguro que iba a intentar hacerme algo. Pero antes de confirmar si era o no Mateo, no podía permitir que me tocara.

¿Qué debía hacer ahora?

—Vamos, perra, ¿a qué esperas? —gruñó Darío, tirando otra vez de mí—. Me muero de ganas.

El miedo empezó a treparme por dentro. Miré hacia la escalera y no pude evitar estremecerme; un escalofrío me recorrió la espalda. La sensación era la de un cordero que se mete solo en la guarida del lobo: terror, desamparo.

Sin poder controlarme, grité:

—¡No! ¡Suéltame! ¡No quiero subir!

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