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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 1802

Tragué saliva y la observé con cautela. En ese momento, ella comenzó a caminar hacia mí. Traía los brazos cruzados y movía el abanico de forma perezosa entre sus dedos; en su cara había una sonrisa de puro menosprecio. Cuando vi ese brillo furioso en sus ojos, me puse nerviosa e intenté sonreír de forma torpe para intentar caerle bien.

—Señorita... yo... —balbuceé.

—¡Ya cierra la boca! —me cortó de golpe.

Se rio sin ninguna alegría y, poco a poco, se agachó frente a la jaula. Sus ojos bellos y penetrantes me atravesaron como cuchillos y me erizaron la piel. En ese instante recordé lo de hace un rato, cuando ordenó que me tiraran al pozo de las serpientes, y el pánico volvió a apoderarse de mí.

Ahora que Pedro se había ido y me había dejado sola frente a esta mujer furiosa, no sabía qué hacer. Todo era mi culpa por confiar demasiado en lo que Pedro podía lograr; creí como una tonta que él me sacaría de aquí. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que tenía que hacer?

Cuando le vi esa sonrisa tan amenazante, no pude ni abrir la boca para intentar halagarla. Entonces, los dos guardaespaldas que antes quisieron agarrarme volvieron.

—Señorita, las serpientes del pozo llevan varios días sin comer —dijo uno de ellos, inclinado con respeto—. ¿Quiere que la llevemos ya?

Cuando escuché eso, sentí que me congelaba; todo el cuerpo me tembló.

—¡No! ¡Por favor, señorita, no! —supliqué, desesperada.

La señorita Alma sonrió. La sensualidad de antes desapareció y en su lugar apareció una expresión feroz. Abrió sus labios rojos y dijo, lento y tranquilo:

—No hay prisa, primero quiero hacerle una pregunta.

—Sí, señorita —respondieron los guardaespaldas, quedándose atrás de ella muy quietos.

Yo no paraba de temblar mientras la miraba. Cuando quería, era de verdad encantadora; pero cuando se ponía cruel... daba un miedo real.

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