Justo cuando pensaba en eso, la señorita Alma volvió a detenerlo.
El corazón me dio un brinco; miré enseguida hacia ella. Parecía que, después de todo, Henry no le caía tan mal.
Pero no.
—Lo que pasó con esta mujer aquí, no tienes permitido contárselo a nadie. Si lo haces... te largas —le advirtió con un tono distante, sin siquiera voltear a verlo.
Henry se puso tenso por un instante. Me miró con desconcierto, pero no se atrevió a preguntarle nada a ella.
—Sí, señorita —obediente, eso fue todo lo que dijo.
La señorita Alma regresó a su diván, se recostó con pereza e hizo una señal con la mano para echarlo:
—Bueno, pero vete ya.
Parpadeando, observé cómo Henry apretó los labios y se iba en silencio.
Listo.
Acababa de perder la única oportunidad que tenía para que alguien le hiciera llegar a Mateo la noticia de que yo estaba aquí. De verdad no la entendía. ¿Qué demonios pretendía Alma?
Mientras pensaba, sentí que me miraba intensamente. El corazón me dio un salto y rápido forcé una sonrisa para ella.
—Qué sumisa —se burló ella.
Seguí sonriendo, completamente impotente, invadida por una sensación amarga. Yo no era sumisa; al principio, también fui una señorita de vida tranquila y sin preocupaciones. Incluso despreciaba esa actitud, igual que esta mujer; pero las cosas cambiaban. Después de la quiebra de mi familia, esa vida despreocupada desapareció y no paré de toparme con locos; primero fue Mateo, luego Michael, Camila, Waylon, Javier...
Todos mal de la cabeza, todos culpables de mi sufrimiento.
Si no hubiera aprendido a ser "sumisa", ¿cómo habría sobrevivido hasta ahora?

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