El hombre continuó:
—Si calculamos el tiempo, hace ya cuatro horas que se la entregaron al invitado distinguido.
—Cuatro horas... —Guillermo se rio un segundo—. Me temo que para entonces ya la habrán torturado hasta no dejar ni los huesos.
—¡Cierra la boca! —Mateo apretó la mandíbula y le gritó, furioso. Su expresión sanguinaria y feroz parecía capaz de arrasar el cielo y la tierra.
Guillermo tampoco era alguien fácil de provocar. De por sí era brutal y, además, en su propio territorio alguien se había atrevido a desafiar su autoridad; en su cara se notó enseguida una ira desquiciada.
—¡¿Quieren que los mate o qué?!
Con ese grito, los guardaespaldas que estaban alrededor levantaron las armas al mismo tiempo, como si fueran a disparar en cualquier momento.
Esto asustó de verdad a Pedro. Al fin y al cabo, si cualquiera de los dos perdía el control, la que saldría herida sería Sofía.
Le dijo rápido a Guillermo:
—Sea como sea, esa zona va a ser tuya. Hoy considéralo como un favor personal: no te rebajes a discutir con este hombre.
Guillermo suspiró; la furia en su cara se le pasó un poco.
Pedro volteó rápido hacia Mateo y añadió:
—Lo que dijo no es necesariamente cierto. Son solo cuatro horas; es muy posible que tu esposa siga dentro de Ciudad del Diablo. Dame una foto y voy a mandar gente a buscarla rincón por rincón —dicho esto, miró a aquel hombre de mediana edad—: ¿Quién fue el comprador? ¿Se puede averiguar?
El hombre quedó con una expresión incómoda:
—Señor Pedro, usted conoce nuestras reglas. Aquí no registramos la información de los compradores. Mientras presenten la credencial de invitado distinguido, pueden entrar y llevarse por adelantado lo que quieran. No tenemos forma de rastrear su identidad —hizo una pausa y añadió—: Pero ese comprador parecía conocer a la mujer que se llevó.
Mateo se estremeció entero.
—¿Por qué lo dices?
—Porque cuando se la llevaron, dio instrucciones muy claras a sus subordinados: que tuvieran cuidado y no lastimaran al niño que llevaba en la panza. Pero esa mujer aún no mostraba barriga y antes de eso nadie le había dicho que estaba embarazada. Por eso deduzco que el comprador la conocía.
Cuando escuchó eso, Mateo recordó enseguida esa mirada extraña que había sentido en la sala de subastas.

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