Por seguridad, Mateo siguió con la mujer muda como rehén.
El edificio donde tenían encerrada a Aurora ya había recuperado la calma. Los cadáveres del suelo habían sido retirados; sin embargo, la sangre aún no se había limpiado y el piso estaba cubierto de manchas de un rojo intenso. En el aire se mezclaba un olor fuerte a sangre con un hedor de putrefacción que provocaba náuseas.
La mujer muda se tapó la boca y le dieron arcadas.
Pedro se preocupó por ella y enseguida le preguntó a Mateo:
—¿Sabes en qué cuarto tenían encerrada a tu esposa?
Mateo señaló el tercer nivel, la habitación del centro. Al instante, Guillermo ordenó que subieran a traerla.
El señor Bernard miró esa puerta sin parpadear, con los nervios de punta. No sabía cómo estaría Aurora en ese momento.
Poco después, dos guardaespaldas abrieron la puerta de la habitación, pero enseguida retrocedieron y le informaron a Guillermo:
—Le informo, alteza. No hay nadie adentro.
A Mateo se le aceleró el corazón.
¿Cómo que no había nadie?
La cerradura que forzó fue justo la de ese cuarto y Aurora estaba allí; incluso habló con él. ¿Acaso su intento de rescate los puso en alerta y la cambiaron de lugar?
Cuando pensó eso, Mateo se dirigió a Pedro con voz grave:
—Tal vez la pasaron a otro cuarto. Llamen al responsable de este almacén.
Pedro miró a Guillermo y este les dio una orden a sus subordinados. Muy pronto, trajeron a un hombre de mediana edad.
Mateo señaló la habitación y le preguntó:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)