—No hay tiempo… ya no hay tiempo, están a punto de alcanzarnos…
Los insultos feroces de los secuestradores se escuchaban cada vez más cerca. El corazón me latía con violencia y todo el cuerpo me temblaba. Al otro lado de la línea, escuché a Mateo dando órdenes a la gente que tenía a su lado; su voz sonaba urgente:
—Localicen este número ahora mismo. Vayan de inmediato.
Luego volvió a hablarme:
—No tengas miedo, Aurora. Voy para allá ahora mismo. Protege bien a los niños y a ti misma. No te rindas, pase lo que pase…
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas y estas empezaron a caer sin control. En una situación como esta, sabía que no podía esperar a que él llegara. Las voces de los tres secuestradores ya estaban muy cerca; sin duda, encontrarían este lugar en cualquier momento. Así que, si quería que Embi y Luki se salvaran, solo me quedaba una opción: salir sola y atraerlos lejos. De lo contrario, los tres terminaríamos atrapados.
Reprimí con fuerza la tristeza que me desbordaba y le dije a Mateo con urgencia:
—Los niños y yo nos escondemos en una zona de bosque. En cuanto tengas la ubicación, ven rápido… nosotros… nosotros te esperamos aquí.
—¡De acuerdo!
En cuanto Mateo respondió, colgué la llamada. Le puse el celular en la mano a Luki, le sujeté con cuidado sus pequeños hombros y le dije, seria:
—Escúchame bien, Luki. Ese número que marqué hace un momento es el de papá. Cuando yo logre alejar a esos hombres malos, tú llamas a papá, ¿entendido?
—¡No quiero!
Luki me abrazó la mano de inmediato. Embi también se aferró a mi brazo con miedo:
—No quiero que mami los distraiga… queremos estar con mami.
—Escuchen, por favor…
Llorando, les acaricié la cabeza y les dije, casi sin voz:
—Si nos quedamos los tres juntos, será muy fácil que nos atrapen. Háganme caso. Cuando yo los lleve lejos, ustedes se quedan aquí, calladitos, esperando a que papá venga. Papá… papá llegará muy pronto.

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