Después destapé otra botella de agua para que tomaran.
Desde que la camioneta se había detenido, no había vuelto a arrancar; no sabía si planeaban descansar un rato ahí. De repente, Embi me tocó los labios y me metió el pedacito de pan que había arrancado:
—Mami, come tú también.
Sonreí y le sobé la cabeza, aunque por dentro sentía miedo y una amargura que me oprimía el pecho.
¿Qué debía hacer?
Si no encontraba una oportunidad para escapar en el camino, cuando llegáramos a ese lugar desconocido, los niños y yo íbamos a estar condenados a morir, y además a sufrir torturas inhumanas.
¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía escapar?
En ese momento, desde afuera de la camioneta, escuché de repente las voces de los hombres.
—Ya basta, Lucas, deja de ver ese tipo de transmisiones. No juegues con eso, te hace daño.
—Exacto. ¿No hay una mujer adentro de la camioneta? Si quieres sacarte las ganas, ve directo y ya está.
Sentí que se me ponían los pelos de punta.
¿Qué querían decir? ¿Qué pensaban hacer?
Inmediatamente, otro hombre se rio y dijo:
—Pablo, eso no lo entiendes. A Lucas solo lo excitan esos en vivos al límite. No sabes cuánto se ha jugado la vida para ganar ese poco dinero y luego gastárselo todo donándolo en esas transmisiones, sin siquiera ponerle un dedo encima a la muchacha. Al final solo se le cae la baba frente a la pantalla. Bah, no entiendo qué tiene en la cabeza. Yo, en cambio, voy a guardar todo lo que gane. Háganme caso: cuando terminemos este trabajo, nos retiramos. Buscamos esposa, nos vamos a un lugar lejos, nos cambiamos el nombre y vivimos tranquilos el resto de la vida. ¿No suena mejor?
—Sí, sí, Hugo tiene razón. Lástima que Emilio...
—Ya, ya. Ustedes quédense en la camioneta esperándome; yo termino en un momento —dijo Lucas con fastidio, el mismo que al principio vigilaba dentro del compartimento.

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