Después de que decidí enfrentar la vida otra vez, mi estado de ánimo también mejoró un poco. Cuando sonó el teléfono por segunda vez, contesté.
—Aurora, por fin te dignas a contestar —dijo Carlos al teléfono, después de un largo suspiro de alivio.
Sonreí un poco.
—¿Pasa algo?
—Nada en especial. Es solo que hace mucho que no te veo y he estado preocupado por ti. ¿Estás bien?
—Estoy bien.
Seguí sonriendo, aunque trataba de no pensar en nada de lo que había pasado en este tiempo. Carlos se quedó callado un par de segundos y luego dijo:
—Aurora, ya reservé una mesa. Vamos a cenar juntos esta noche… papá también va a ir —por instinto quise decirle que no, pero Carlos continuó rápido—. Aurora, en serio estoy muy preocupado por ti. Quiero verte. Si no quieres ver a papá, no le aviso, ¿sí? Te lo ruego, solo ven a verme un momento, por favor. Hoy fui a visitar a mamá otra vez… Me siento muy mal, es mucha la carga. Le dije muchas, muchísimas cosas. Le conté que hice un montón de estupideces, que te fallé. Cuando me muera y la vea, seguro mamá me va a dar una paliza… y con eso va a estar bien, pero yo…
—¡Carlos! —no quise seguir escuchando, así que lo interrumpí. Dije con calma—. Mándame la dirección. Dime la hora y voy.
—…Está bien.
Se le notaba la culpa y se escuchaba muy angustiado. La última vez que hablé con mi padre, me dijo que Carlos se la pasaba en la empresa, trabajando como loco. Pero yo sabía que, por muy ocupado que uno estuviera, esos recuerdos vergonzosos siempre regresaban de vez en cuando para traer de vuelta la desesperación y el dolor.
No sabía por qué, pero esa llamada de Carlos me dejó una sensación extraña. Sentí que él estaba a punto de derrumbarse.
Quedamos a las seis de la tarde. A las cinco, ya iba en camino. El lugar que reservó era el restaurante al que íbamos seguido antes de que la familia Cardot se fuera a la quiebra. En ese restaurante, mucha gente nos conocía a Carlos y a mí.

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