Además, Alan tenía razón: sin mí, la vida de Mateo iba a ser mucho mejor. Aguantando el dolor que me partía por dentro, traté de zafar mi mano de la de Mateo otra vez. Él se puso muy nervioso y me apretó todavía más fuerte. Me miró fijamente; en su voz, que daba terror, se notaba el pánico y que no sabía qué hacer.
—Aurora, tú me lo prometiste. ¿Cómo puedes volver a fallarme? Te dije que si me engañabas otra vez, no iba a volver a verte nunca más. ¿Por qué? ¿Por qué siempre tienes que hacer esto? Te lo ruego, por favor, no me dejes...
Al verlo así, tan indefenso y humillado, sentí que el dolor me quitaba el aire. Él no era así, no tenía por qué ser así. Un hombre tan orgulloso y dominante, ¿cómo podía rebajarse hasta este punto? Todo era mi culpa. Yo tenía que irme. Solo si desaparecía de su mundo, su vida iba a mejorar y él podía volver a ser ese Mateo serio, lejano e inalcanzable. Pensándolo así, agarré fuerzas y le quité la mano con firmeza.
—Perdón —le dije, con mucha dificultad—. No me puedo ir contigo.
El cuerpo de Mateo se tensó. Me miró fijamente; se le empezaron a poner los ojos rojos y apretó el puño con tanta fuerza que parecía que le iba a reventar una vena.
—Entonces... ¿todo este tiempo me estuviste mintiendo? ¿Nunca pensaste en regresar conmigo? ¿Cuidarme y hacerme promesas... nada más fue porque me apuñalaron por ti y te sentías culpable, verdad?

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