Antes de esa llamada, Mateo ya me había marcado muchísimas veces. Nada más de imaginarme lo angustiado que estaba, sentía que el corazón se me partía una y otra vez. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo le iba a contar lo del bebé? ¿O tenía que abortar a escondidas y hacer de cuenta que nunca pasó nada? No, Javier no me iba a dejar en paz tan fácil. ¿Será que de verdad era capaz de mandarle a Mateo el video de esa noche?
Ni el niño ni ese video podían llegar a manos de Mateo. Ni me imaginaba cómo se pondría si se enteraba de esas dos cosas; se iba a poner furioso, casi hasta volverse loco. Si eso pasaba, de verdad ya no iba a tener cara para volver a verlo. ¿Qué iba a hacer? Todo esto era muy difícil; de repente me di cuenta de que estar bien con Mateo era algo casi imposible.
El celular seguía sonando y sonando, se notaba lo desesperado y terco que estaba. Yo le había prometido que no lo iba a dejar otra vez y, pasara lo que pasara, no podía nada más irme de su vida sin decirle nada. Si hacía eso, él de verdad se iba a desmoronar. Respiré profundo, aguanté como pude el dolor y la desesperación que sentía y contesté la llamada.
En cuanto entró la llamada, escuché la voz de Mateo, baja, conteniendo mucho sentimiento:
—¿Dónde estás?
Apenas alcanzaba a escuchar el ruido del viento y el de las llantas en la carretera; entonces, ¿ya no estaba en el hospital?
—Aurora, ¿dónde estás? —volvió a preguntar con la voz cada vez más tensa cuando vio que no le respondía.
Sentí que el corazón se me apachurraba. Levanté la cara, me aguanté las ganas de llorar y, haciendo un esfuerzo por sonar normal, le hablé tratando de sonreír:
—¿Qué pasa? ¿Te saliste del hospital a escondidas?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)