Miré fijamente ese papel.
En cuanto leí las palabras "dos semanas de embarazo", todo se me empezó a nublar una y otra vez. Si en serio estaba embarazada, entonces, por la cuenta de los días, no había duda de que podía ser de Javier. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora?
Después de lo que pasó con Javier, ya me dolía demasiado pensar en cómo iba a hacer para que Mateo me aceptara. Y ahora, encima de todo, resulta que esperaba un hijo de Javier. Si yo misma no podía aceptar que las cosas terminaran así, ¿con qué cara le iba a pedir a Mateo que lo hiciera?
¿Por qué la vida tenía que ensañarse así conmigo?
Hace tiempo, cuando quería salvar a Embi, deseé con todas mis fuerzas tener otro hijo con Mateo, pero el doctor me dijo sin vueltas que ya no podía quedar embarazada. Entonces, ¿por qué justo ahora me venía a pasar esto con un hijo que no tenía que nacer?
Pasé mucho tiempo hundida en la tristeza y la desesperación por no poder ser mamá. Y en ese momento, lo que más quería era que de verdad fuera estéril. ¿Por qué el destino se empeñaba en empujarme siempre al borde del precipicio? ¿Qué iba a hacer ahora?
Me costó muchísimo trabajo dejar atrás ese pasado tan doloroso y le prometí a Mateo que, de ahora en adelante, íbamos a ser felices. ¿Cómo lo iba a enfrentar ahora? ¿Cómo le iba a contar algo así?
Javier me pasó el brazo por los hombros mientras sujetaba el papel y me dijo con mucha alegría:
—Aurora, nunca me imaginé que íbamos a tener un hijo. Este niño es un regalo que me dio la vida. En cuanto nazca, voy a hacer todo lo que pueda para cuidarlo y amarlo.
Lentamente, miré hacia él.
—¿Nuestro... hijo?
Javier me apretó la mano y me respondió muy emocionado:
—Sí, nuestro hijo, el hijo de los dos.
—Ja... ja, ja... —me reí con desprecio y, de inmediato, le quité el papel de las manos y lo hice pedacitos. Negué con la cabeza y le grité—: Javier, entre tú y yo no puede haber ningún hijo. Y aunque así fuera, no voy a dejar que nazca en este mundo.
Después de decirle eso, empecé a golpearme la panza como si estuviera loca. Javier se puso pálido de repente y me agarró las muñecas para detenerme. Me miró sin poder creer lo que veía.

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