—No hizo nada —me dijo Mateo. Me acarició la espalda suavemente; su voz se mantuvo siempre cariñosa y grave—. Nada más dijo que había subido a verme, no dijo nada más.
Hizo una pausa breve y su tono se puso un poco más serio mientras me recalcaba:
—Está bien, Aurora, no estés triste ni tengas miedo. Ya te lo dije: diga lo que diga, no le voy a creer. Yo nada más creo en lo que tú me digas.
Sentí un dolor feo en el pecho y, sin saber por qué, me refugié en sus brazos y me puse a llorar. Claramente era yo la que le había fallado, y aun así me sentía la víctima y necesitaba que él me consolara.
“Aurora, de verdad no tienes perdón.”
Mateo me siguió dando palmaditas en la espalda y me hablaba en voz baja para calmarme. En todo momento evitó preguntarme con detalle qué había pasado entre Javier y yo, y tampoco me preguntó por qué de repente lo odiaba tanto. Yo sabía que estaba esperando a que yo misma se lo dijera.
Pero también sabía que, en cuanto le contara la verdad de esa noche, con el carácter que tiene, iba a ir de inmediato a buscar a Javier para enfrentarlo. Para ese entonces, entre ellos dos nada más iba a haber un final: uno u otro iba a terminar destruido. Por instinto, lo abracé más fuerte de la cintura.
"Mateo, cuando estés bien te voy a contar todo. Ahorita, nada es más importante que verte recuperado".
Esa noche me quedé dormida en los brazos de Mateo. Fue, sin exagerar, el sueño más tranquilo que había tenido en toda mi vida. Las pesadillas de los últimos días me habían dejado muerta de cansancio, y no había palabras para describir el alivio que sentí al abrir los ojos y verlo. En ese momento, ya no quedó ni rastro de esa angustia y soledad.
Mateo se había despertado antes que yo. Cuando abrí los ojos, vi que me estaba mirando fijamente, sin pestañear. Su mirada era intensa, llena de cariño.
Antes de que pudiera hablarle, bajó la cabeza y me besó. Fue un beso suave, tierno, cargado de amor.
Sin darme cuenta, me acurruqué más en sus brazos y lo abracé de la cintura, que se sentía firme. La luz del sol entraba por la ventana, calentándonos.
Después de besarme un buen rato, Mateo se hizo un poco para atrás y en sus ojos apareció otra vez esa mirada que hacía que el corazón se me acelerara. Se me puso la cara roja sin que pudiera evitarlo. Me levanté rápido y le dije:

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