Mateo me abrazó más fuerte y, mirando a Javier con una seriedad absoluta, le dijo:
—Si de verdad la amaras, no la amenazarías así. Sigues siendo igual que cuando eras niño: un experto en disfrazarte, pero en el fondo eres más turbio que nadie. ¿Nunca pensaste que, en ese entonces, lo que Aurora llegó a apreciar fue tu lado amable y frágil, y no ese Javier loco y tenebroso? Dicho de otra forma, ella nunca te quiso de verdad. Lo único que le gustó fue alguien que no existía, un Javier falso escondido atrás de una máscara. Entonces, ¿con qué derecho te niegas a aceptarlo?
—No... no es así... —dije en cuanto Mateo terminó de hablar—. Yo nunca lo quise. Ni al Javier real ni al Javier fingido. Y no me hablen de cuando éramos jóvenes; no creo que en ese entonces yo hubiera podido querer a alguien así.
Como si hubiera notado el pánico y la inquietud que traía adentro, Mateo me acarició la espalda y me dijo en voz baja:
—Está bien. Todo lo que digas, te lo creo. No tengas miedo. Diga lo que diga él, no le voy a creer. Nada más te creo a ti.
Respiré hondo y le apreté la mano a Mateo con fuerza. Con que él confiara en mí, era suficiente. Lo que más miedo me daba era que Javier usara lo que pasó esa noche para provocarlo, para engañarlo y hacerlo creer que yo nunca lo había amado. Si eso pasaba, Mateo se iba a volver a consumir por dentro. Y yo también me iba a sentir que no valía nada, incapaz de mirarlo a la cara.
Esa noche, para mí, no nada más fue una humillación, sino una bomba debajo de Mateo y de mí, que Javier podía activar en cualquier momento.
Entre más pensaba en eso, más coraje y angustia se me juntaban en el pecho. De repente me volteé y me le fui encima a Javier, empujándolo para afuera del cuarto:
—¡Lárgate! ¡Vete de una vez! ¡No te quiero volver a ver!
Javier perdió el equilibrio por el empujón y se hizo para atrás con torpeza. Al segundo siguiente, Mateo me abrazó por la espalda y me dijo en voz baja:
—Cálmate, Aurora.
Respiraba con dificultad mientras miraba a Javier con mucho odio. Él se recargó en el marco de la puerta; de su pecho volvió a salir un chorrito de sangre. Me miró con la cara blanca como un papel y, de repente, sonrió de una forma extraña:
—Aurora, vas a regresar conmigo. Seguro vas a volver.

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