Mateo me miró en silencio, me apretó fuerte las manos y dijo muy serio:
—Aparte de ti, aunque me muera, jamás tocaría a otra mujer.
Yo lo sabía, pero aun así, yo había traicionado sin querer esa confianza y esa lealtad. ¿Qué se suponía que debía hacer? Bajé la cabeza, sintiendo mucha culpa. Alan pensó que yo seguía molesta por lo de Indira, así que cuando entendió todo, la regañó furioso:
—Mira lo que hiciste. Yo, por consideración a mi tía, te permití ser asistente de Mateo para que aprendieras, para que ganaras experiencia. ¿Y en qué usaste tu tiempo? En estas cosas sucias y despreciables. ¿Qué necesidad tienes, siendo tan joven, de meterte en medio y destruir relaciones? Por suerte todo quedó aclarado y no causaste un desastre mayor; si no, no te lo habría perdonado. Ya está: hoy mismo vas a renunciar por tu propia voluntad. Desde mañana, no vengas a la empresa.
—Alan... —Indira lo miró, ofendida, esperando que él la perdonara.
Pero él la apartó, molesto:
—Ya, ya, vete. Agradece que esto no terminó peor; si no, me habrías arruinado por completo.
La empujó sin cuidado. Indira dio unos pasos tambaleándose... y de repente se quedó quieta, mirando fijamente hacia un punto. Seguí su mirada... y vi a Javier. Cuando lo vio, Indira se volteó y me sonrió con desprecio. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo; retrocedí un paso sin pensarlo porque sentí un vacío horrible en el estómago. Indira se rio con burla:
—Aurora, sí que eres buena para manipular hombres. Por un lado tienes a Javier y por el otro a Mateo. ¿Qué pasa? ¿Javier no te satisface y por eso vuelves con Mateo?
Mateo miró fijamente a Indira, furioso, y había una tensión horrible en el aire.

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