Todo salió según lo planeado.
Borré los mensajes, dejé el teléfono de Camila en su lugar y salí de la habitación justo cuando cesaba el ruido del agua en el baño.
Sin perder tiempo, volví a mi cuarto y me comuniqué con los dos grupos de guardaespaldas que había contratado.
El equipo de seis hombres me informó que Bruno no había salido de casa en los últimos días; se mantenía encerrado.
Les ordené vigilarlo de cerca esa noche.
Les expliqué que, alrededor de la una de la madrugada, los otros cuatro hombres iban a fingir ser asesinos enviados para matarlo, y que ellos debían ayudarme a "rescatarlo".
Después de dejar todo listo, miré por la ventana el cielo ya oscuro y no pude evitar sentirme inquieta.
Si esa noche no lograba ganarme a Bruno, todo mi plan se iba a venir abajo.
De repente, los faros de un auto iluminaron el patio. Era Carlos, que acababa de regresar.
Bajó del carro con una bolsa en la mano: los sándwiches y tacos que le había pedido.
Avanzó rápido hacia la casa, en el frío intenso del invierno.
Cuando lo vi, sentí algo en el pecho, una mezcla de melancolía y tristeza que me dolió en el alma.
Toc, toc, toc...
No tardó en tocar mi puerta.
Me recompuse antes de abrir.
Cuando lo hice, Carlos me mostró una sonrisa entusiasta mientras extendía la bolsa.
—Mira... lo que querías. Te lo compré, y todavía está caliente.
Sonreí.
—Gracias.
—¿Gracias por qué? Es lo menos que puedo hacer. Anda, come antes de que se enfríe. No quiero que te enfermes.
Tomé la comida, aunque en el fondo me invadía una mezcla de emociones.
Entonces, la voz sarcástica de Camila resonó desde el pasillo:

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