—Cada vez que dudas de mí, una y otra vez, me decepcionas y me lastimas un poco más por dentro. Ahora estoy confundida, agotada... solo quiero estar sola unos días. Descansar. Estoy cansada, Javier, cansada de verdad.
Lo miré con un cansancio que dolía hasta en los huesos; unas lágrimas se me escaparon.
Javier me sostuvo la mirada durante un momento antes de soltarme despacio.
Dio un par de pasos hacia atrás y murmuró:
—Ni siquiera sé por qué me volví así. Cada vez que te veo con Mateo, empiezo a imaginar cosas... me torturo pensando que están otra vez juntos, haciendo cosas que no quiero imaginar. Aurora, yo antes no era así. Antes me bastaba con tenerte a mi lado. Pero las personas somos codiciosas. Cuando volviste conmigo, ya no me bastó con tener tu cuerpo: también quise tu corazón. No soporto verte con Mateo, ni que hables con él, ni siquiera que se crucen a solas. ¿Entiendes?
Bajé la vista, con el corazón enredado en una mezcla de pena y culpa. Tal vez lo suyo no era amor, sino una obsesión disfrazada de cariño. Y no me atrevía a imaginar cómo iba a reaccionar cuando, el día de la boda, se derrumbara toda mi mentira.
Pero su hermana era mi enemiga, y para poder hundirla tenía que seguir engañándolo.
Dije en voz baja:
—Perdón. En parte también es culpa mía... no he sabido darte la seguridad que necesitabas.
Javier dio otros dos pasos hacia atrás.
—Aurora, a veces juro que no quiero lastimarte, pero no puedo controlar mis celos. Quizás tienes razón: deberíamos separarnos un par de días y calmarnos —me dijo, con un tono lleno de dolor.
Lo miré, sorprendida.
—Javier...
Él me sostuvo la mirada unos segundos más, luego se dio vuelta y salió del cuarto. Poco después escuché el sonido del motor encendiéndose en el patio.
Me acerqué a la ventana y lo vi marcharse. Solo entonces suspiré, aliviada.
En realidad, todo había sido parte de mi plan. Necesitaba una excusa para que se alejara un par de días y poder tener libertad. Por suerte, aceptó la idea de "tomarse un descanso" sin sospechar nada.

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