Cualquiera con dos dedos de frente podía notar que las palabras de Galileo iban dirigidas en realidad a Nanette.
Y ella, que no tenía nada de tonta, las captó fuerte y claro.
Solo aparentando indiferencia evitaría caer en el juego de Galileo.
Afortunadamente, no fue tan difícil como imaginaba.
Solo tenía que convencerse a sí misma.
Lo que parecía una charla cordial era en realidad un mar de tensiones ocultas.
Probablemente, solo Jovita, ajena a todo, veía la situación con simpleza.
—Ya que coincidimos, ¿por qué no comemos juntos? —sugirió.
Galileo, por supuesto, estuvo encantado.
—Me parece perfecto. Aunque no sé si el Sr. Cortés y la Vicepresidenta Larco nos concederán el honor.
—No tenemos tiempo —respondió Noel.
Su mirada se oscureció, y sus palabras fueron cortantes.
Semejante rechazo tomó a Jovita por sorpresa.
En su experiencia, Noel nunca había sido tan directo ni tan brusco al rechazar a alguien.
Lejos de ofenderse, Galileo sonrió y se volvió hacia Nanette.
—¿Y usted, Vicepresidenta Larco?
Ella apenas abrió la boca cuando...
—La Vicepresidenta Larco tampoco tiene tiempo —interrumpió Noel.
Galileo soltó una carcajada.
—¿El Sr. Cortés es así de estricto con sus empleados?
—Esta noche hay una cena de la empresa y no se permiten ausencias —replicó Noel con frialdad.
Nanette parpadeó, sorprendida.
¿Desde cuándo existía esa regla?
Ella no estaba enterada de nada de eso.
La sonrisa de Galileo perdió intensidad, pero mantuvo sus modales intactos.
Había que admitir que realmente había cambiado.
—¡Presidente Godoy!
Gael aún no se había acercado cuando su voz, firme y resonante, se escuchó a lo lejos.
Al llegar, se colocó deliberadamente al lado de Nanette.
—Claro, vamos.
A Nanette ya no le quedaban fuerzas ni para fingir una sonrisa. —Con su permiso, nos retiramos.
En cuanto ella se alejó, Galileo perdió todo interés en quedarse.
—Sr. Cortés, Srta. Zamora. Hasta luego.
Jovita observó las espaldas de los que alguna vez fueron marido y mujer, sintiendo un leve remordimiento.
—No debí sugerir que comiéramos juntos. Se me cruzaron los cables y olvidé que estuvieron casados. Y mucho menos imaginé que la Srta. Larco había sufrido tanto en la familia Godoy, al punto de ser echada. Noel...
Noel frunció ligeramente el ceño; lucía agotado.
No era cansancio físico.
Era el alma lo que le pesaba.
Con el silencio a su alrededor, el corazón de Nanette por fin pudo aligerarse un poco.
Cada vez se convencía más de que haber encontrado a Gael había sido una bendición.
La defendía, la sacaba de apuros... Aunque decía ser su hermano menor, a veces actuaba como un hermano mayor que no dudaba en protegerla.
—Gael.
Él, apoyado contra la baranda, se giró hacia ella.

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