Nanette apretó los labios.
—Nada.
—¿No hay nadie que te guste?
El hombre se quedó en silencio por largo rato, esperando pacientemente una respuesta.
—¿Hm? Contesta.
Nanette bajó la mirada, ocultando la melancolía en sus ojos.
—No.
La persona a su lado frunció los labios y no hizo ningún otro movimiento.
Ambos se quedaron ahí sentados, sin dirigirse la palabra.
Esa tensión duró hasta que Gael e Isaac se acercaron.
—Jefe —saludó Isaac, jadeando por el esfuerzo.
Nanette echó un vistazo detrás de ellos.
—¿Dónde está la Srta. Zamora?
—Viene atrás.
—¿No subieron con ella?
—No —respondió Isaac.
Gael se dejó caer de golpe en un asiento.
—Iban demasiado lento, así que Isaac y yo nos adelantamos.
Nanette pensó para sí misma: ¿No eras tú el que dijo que iba a hacerle compañía?
Gael echó un vistazo a la zona de los Listones de Deseos.
—¿Ustedes ya fueron a pedir sus deseos?
—No.
—¿Y por qué no? Dicen que funciona de verdad, deberían ir.
Nanette apenas abrió la boca para responder, pero Noel se le adelantó con tono frío.
—Ella no tiene a nadie que le guste.
Gael se quedó pasmado; cruzó una mirada rápida con Isaac y prefirió cerrar la boca.
Era evidente que esos dos habían discutido.
Media hora después, por fin llegó Jovita.
Como tenía calor, se había quitado la chaqueta y la había atado a su cintura. Llevaba puesto un conjunto de ropa deportiva negra y ajustada que dejaba al descubierto su figura envidiable.
—Noel, estoy exhausta.
Su voz entrecortada tenía un tono tan coqueto y meloso que derretiría a cualquiera.
Noel tenía una botella de agua en la mano, de la que ya había bebido la mitad.
Jovita se la arrebató sin miramientos.
—Me muero de sed.
Justo cuando iba a desenroscar la tapa, Noel se la quitó de vuelta.
—Iré a comprarte una nueva.
—No te preocupes, no me molesta compartir contigo.
Gael le tendió una botella sin abrir.
—Tome, esta es nueva, nadie ha bebido de ella.
—Está bien.
Feliz por su respuesta, Jovita compró dos.
Al regresar, le entregó uno a él.
Y frente a él, en su propio listón, Jovita escribió la palabra «Noel».
Noel le dirigió una mirada fugaz y desinteresada.
—¿Estás segura de que yo te gusto?
Jovita detuvo su mano a la mitad de un trazo.
—¿Por qué me preguntas eso tan de repente?
—¿Acaso no se supone que debes escribir el nombre de la persona que te gusta?
—Tú eres mi prometido —la sonrisa de Jovita se atenuó un poco—. ¿El nombre de quién más iba a escribir si no es el tuyo?
El hombre guardó silencio un momento. En sus oscuras pupilas se arremolinaban emociones indescifrables.
—Si no quieres conformarte con alguien que no amas, podemos cancelar el compromiso.
Jovita estaba a punto de ir a colgar el listón al árbol, pero al escuchar esas palabras, detuvo sus pasos de inmediato.
—Noel, ¿qué te sucede?
Noel soltó un suspiro casi imperceptible.
—Solo creo que no deberíamos conformarnos cuando se trata de matrimonio.
—Yo no siento que me esté conformando.
—Desde el principio, nuestro compromiso no fue porque sintiéramos algo el uno por el otro.
—Lo sé, pero el compromiso es un hecho, y es algo que no se puede cambiar. Noel... —Jovita hizo una pausa de varios segundos—. Nuestro matrimonio no solo nos pertenece a nosotros, pertenece a nuestras dos familias. No podemos escapar de esto.

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