Noel entró a la habitación, cerró la puerta en silencio y, sin mediar palabra, envolvió a Nanette en un fuerte abrazo.
Ella no le correspondió. Dejó los brazos caídos a los costados y habló con voz apagada.
—Señor Cortés, suélteme.
La voz del hombre destilaba una profunda ansiedad.
—Te juro que no sabía que ella vendría.
—Eso no importa. Lo único que importa es que está aquí —Nanette cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire—. Noel, ya no podemos seguir con esto.
—Mi Nanette...
—Si ella no hubiera venido, quizá habría podido seguir engañándome a mí misma un poco más. Pero está aquí. Ya no puedo mirar hacia otro lado. Noel, lo que estamos haciendo está mal.
Él ejerció un poco más de fuerza, estrechándola contra su pecho.
—Dame tiempo, ¿sí? Solo dame un poco de tiempo, yo me encargaré de solucionarlo.
El pánico se apoderó de Nanette y lo empujó con fuerza.
—¿Qué vas a solucionar?
La mirada de Noel se tiñó de dolor.
—Te daré el lugar que mereces. Te lo prometo.
—¡No! —El terror la invadió por completo—. ¡No quiero ningún lugar! Desde el principio dejé claro que no te exigiría nada. Noel, tú lo prometiste, dijiste que me harías caso. Estos últimos días ya rompimos las reglas, pero se acabó. Es el fin.
Un dolor insoportable brotó desde lo más profundo del corazón de Noel. Se quedó paralizado, con la garganta tan oprimida que fue incapaz de articular una sola palabra.
Aunque sentía que le arrancaban el alma a pedazos, Nanette logró enmascarar sus verdaderas emociones tras una fachada de calma.
—Noel, hazlo por mí. Si de verdad quieres que mi bebé y yo tengamos una vida tranquila, no cometas una locura. No hagas las cosas más difíciles, ¿de acuerdo?
Si él realmente se atrevía a enfrentarse a todos por ella, la familia Cortés y la familia Zamora lo destruirían. Y no solo a él; ella y su hijo jamás volverían a tener paz.
—Esos días que pasamos juntos... para mí fueron suficientes. Al menos, pude tenerte por un instante.
—Pero para mí no es suficiente —La voz de Noel sonó como si su pecho estuviera cubierto de heridas abiertas—. No me conformo con un par de días. Yo quiero toda una vida contigo.
—Nanette —Noel le sujetó la mano con firmeza—, no me mientas. ¿De verdad crees que me voy a tragar eso?
Ella apartó la mano con un movimiento brusco.
—Me creas o no, eso es lo que pienso. Jamás he considerado pasar el resto de mi vida contigo. Tengo muy claro qué tipo de futuro quiero, y en ese futuro, no hay lugar para ti.
Noel se quedó inmóvil. Sentía como si una roca gigantesca le aplastara el pecho, asfixiándolo, impidiéndole siquiera respirar.
Nanette apretó los puños, luchando por tragar las náuseas que comenzaban a subirle por la garganta debido a la tensión.
—Más que tenerte a ti, prefiero mil veces tener una vida en paz, donde mi bebé y yo estemos a salvo. Así que, sin importar cómo lo mires, tú nunca serás una opción para mí. ¿Te queda claro?
El hombre cerró los ojos lentamente y frunció el ceño, como si estuviera soportando una tortura física indescriptible.
Pasó un largo rato antes de que su rostro recuperara la calma. Cuando volvió a abrir los ojos, era como si nada hubiera ocurrido. No había rastro de dolor, ni de calidez; solo una frialdad glacial.
Cuando volvió a hablar, su voz era tan distante y grave como si se dirigiera a una perfecta desconocida.
—Entendido.

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