Media hora más tarde, Galileo Godoy apareció en Villa Púrpura.
Nanette había elegido aquel lugar porque los salones privados tenían aislamiento acústico y la privacidad era absoluta.
Después de todo, lo que iba a discutir con Galileo no era un tema que cualquiera pudiera escuchar.
Galileo entró vistiendo un elegante traje hecho a medida.
Siempre había sido un hombre imponente, de esos a los que cualquier prenda les queda perfecta. Sin embargo, tantos años acostumbrado a mirar a todos por encima del hombro le habían conferido un aura de soberbia casi insoportable.
Y ahora, teniendo bajo su mando absoluto tanto el imperio de la familia Godoy como el de la familia Camoso, su poder era incuestionable, lo que lo hacía lucir aún más dominante.
Pero frente a Nanette, toda esa arrogancia desaparecía.
Nanette, por supuesto, no era ciega ante esto.
Sabía perfectamente que Galileo fingía ser comprensivo y dócil solo para ganarse su favor.
—¿A qué se debe este honor de invitarme a tomar algo? ¿De verdad me llamaste solo para que te trajera esa caja?
Mientras hablaba, Galileo tomó asiento justo frente a ella.
Nanette miró las manos vacías del hombre.
—¿No trajiste mis cosas?
—Las dejé en el auto. Cuando terminemos de hablar, bajaremos juntos y te las dejaré en tu maletero. Pesa un poco y, en tu estado, es mejor que no hagas esfuerzos.
Qué considerado.
Con el rostro inexpresivo, Nanette deslizó una taza de té hacia él.
Galileo sonrió.
—Actúas tan pacífica que casi no te reconozco. Ya me había acostumbrado a que me miraras con frialdad y me mantuvieras a mil kilómetros de distancia.
Nanette esbozó una media sonrisa fría.
—Eres un verdadero...
—¿Miserable? —Galileo dio un sorbo al té sin borrar su sonrisa—. Eso es lo que querías llamarme, ¿no?
—Lo dijiste tú, no yo.
—Pero es lo que estabas pensando. Y no te culpo, tienes toda la razón. Acepto que mi actitud ahora es de alguien que arrastra su dignidad por el suelo, pero, ¿qué más da? Al final del día, mi corazón te pertenece.
Galileo dejó escapar una risa gélida.
—Si nunca me hubieran entregado ese verdadero Informe de Paternidad, habría vivido engañado por el resto de mi vida criando al hijo de otro hombre. La familia Camoso habría usado a ese bastardo para atarme de manos, y Luis Camoso me habría robado el control de mi propia empresa. Dime, ¿te has puesto a pensar en cómo me siento yo? Todo el mundo siente lástima por ese niño, ¿y yo qué? ¿Yo no merezco compasión?
—Entiendo tu rabia, pero ya recuperaste lo que es tuyo. Los que te hicieron daño ya están pagando las consecuencias. Ese bebé no tiene la culpa de nada, es inocente.
—Inocente o no, por sus venas corre la sangre de los Camoso. Dejarlo vivo es una bomba de tiempo para mí.
—Él jamás será una amenaza para ti. Puedes mandarlo lejos, a otra ciudad o a otro país. Si lo alejas lo suficiente, nunca descubrirá su verdadero origen y jamás cruzará tu camino.
Galileo se quedó callado por unos segundos, observándola fijamente.
—Parece que te preocupa mucho el destino de ese niño.
Nanette bajó ligeramente la mirada, y su voz sonó pausada pero firme.
—Todos cometemos errores en la vida, pero no puedes cruzar ciertas líneas. Si cometes una atrocidad de esa magnitud, jamás habrá vuelta atrás para ti.
Galileo se quedó paralizado.
—¿Te estás preocupando por mí?

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