Sus labios se unieron al instante.
La familiar y electrizante sensación arrasó con el cerebro de Nanette. La intensidad con la que él la asaltó hizo que toda su voluntad se desmoronara en cuestión de segundos.
Cerrar los ojos y dejarse llevar era lo único que deseaba hacer en ese momento.
Como dos viajeros perdidos en el desierto que por fin encuentran un oasis, se besaron con una sed salvaje, como si quisieran fundirse el uno en el otro.
Cuando finalmente se separaron, los labios de Nanette estaban rojos e hinchados.
Se tocó la comisura de la boca, donde aún perduraba el sabor de él.
—Tú... ¿no decías que no podías intentar nada?
Noel curvó los labios en una sonrisa de triunfo, como un cazador que acababa de atrapar a su presa.
—Solo dije eso, pero para besarte siempre tendré fuerzas. Lo que no puedo es hacer otra cosa.
Nanette le dio un golpecito en el brazo.
—No te soporto.
Se metió bajo sus cobijas y se tapó hasta la cabeza para ocultar lo alterada que estaba.
Noel se acercó para acomodarle bien la cobija.
—Duerme ya. Buenas noches.
La voz de Nanette salió amortiguada desde debajo de la tela.
—Buenas noches.
Poco después, se escuchó el sonido de una respiración tranquila. La chica que supuestamente iba a quedarse a cuidarlo, ya había caído en un profundo sueño.
El hombre se deshizo de su propia cobija, levantó un borde de la de Nanette y se metió con ella.
La chica, aún dormida e inconsciente, se movió ligeramente buscando el calor de su cuerpo.
Noel deslizó un brazo debajo de su cuello y la estrechó con fuerza contra su pecho.
En ese momento, no sentía deseo carnal, solo una necesidad imperiosa de tenerla entre sus brazos, de no dejarla ir.
Tenerla así, acurrucada junto a él, era el mejor somnífero del mundo.
Al día siguiente.
Nanette despertó y se dio cuenta de que el hombre ya no estaba a su lado.
—¿Noel? —lo llamó por instinto, con una voz cargada de pereza y un toque de ternura.
Al no obtener respuesta, se levantó de la cama, caminó hacia la sala y lo encontró sentado en el diván reclinable junto a los enormes ventanales, con la laptop sobre las rodillas.
En la pantalla corrían líneas y líneas de complejos códigos de programación.
Se acercó a él.
—¿Trabajando tan temprano?
Noel palmeó el espacio vacío a su lado.
—Nada importante, solo revisando unas cosas.
En cuanto las palabras salieron de su boca, el ambiente cambió por completo.
La mirada de Noel se ensombreció y apretó los labios con fuerza.
Nanette se maldijo internamente e intentó cambiar de tema a toda costa.
—Por cierto, ¿cómo sigues de la cabeza? ¿Te duele mucho?
Toda la noche se la había pasado durmiendo, qué clase de "enfermera" era.
Noel recuperó su semblante amable.
—Me tomé una pastilla, ya me siento mucho mejor.
Nanette intentó recordar.
—¿Te tomaste una pastilla?
No recordaba que el doctor le hubiera recetado nada.
—Sí, me la tomé y fue mano de santo.
De pronto, se escuchó el ruido de la puerta principal.
Isaac entró cargando varias bolsas con comida.
—¡Señor Cortés! ¿Seguro que se va a poder comer todo esto? ¡Es comida como para tres personas! ¿Desde cuándo tiene tanto apetito...?
Al ver a las dos personas sentadas muy juntas en el diván, Isaac se quedó mudo. Olvidó por completo lo que estaba diciendo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó