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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 639

Galileo se tensó y un brillo peligroso asomó en sus ojos.

—¿Te enteraste?

Nanette esbozó una sonrisa desprovista de emoción.

—Un escándalo de ese tamaño no se puede ocultar tan fácilmente.

El semblante de Galileo se oscureció.

—Ella se lo buscó.

—No te lo niego, se lo buscó. Pero ¿no crees que se te pasó un poco la mano?

El manicomio era el tipo de lugar que volvía loco a cualquiera, incluso a los que entraban cuerdos.

Aunque, para ser franca, Nanette no sentía ni una pizca de lástima por Yolanda.

Si había alguien a quien culpar, era a su padre, un hombre sin escrúpulos que había estado dispuesto a todo.

Había pasado la vida entera conspirando para apoderarse del imperio de la familia Godoy. Al final, no solo perdió a su hija, sino que lo perdió todo, y terminó cayendo en su propia trampa.

Galileo y Yolanda seguían legalmente casados, por lo que Galileo había asumido el control de los negocios de la familia Camoso de forma «legítima».

Aunque por ahora era solo un administrador temporal, era cuestión de tiempo para que se apoderara de todo de forma definitiva.

Esa era la verdadera razón por la que Galileo, a pesar de saber que le habían sido infiel de esa manera, decidió casarse con ella de todos modos.

Nanette tenía que admitir que la capacidad de Galileo para soportar humillaciones por ambición no tenía límites.

La voz de Galileo sonó sombría.

—A esto se le llama pagar con la misma moneda. Comparado con lo que hizo Luis Camoso, esto no es nada.

Nanette recordó al pequeño inocente en medio de todo ese caos.

—¿Y qué planeas hacer con el niño?

Justo en ese momento, un conocido se acercó. Galileo lo saludó con la mano y se alejó.

Nanette sabía perfectamente que solo estaba evadiendo la pregunta.

El bebé no tenía la culpa de nada, pero conociendo a Galileo, temía que fuera capaz de deshacerse de él para no dejar cabos sueltos.

—Nanette.

Al ver a Quintín acercarse, a Nanette se le iluminó el rostro.

—Padri... —Recordando que estaban en un evento público, rectificó al instante—. Director Quintín.

El hombre sonrió, complacido de verla.

Sin duda, era una joven prudente e inteligente.

Vestida con un traje sastre sobrio, y con un maquillaje ligero que resaltaba su elegancia, Nanette desbordaba clase.

Se mantuvo calmada, firme y elocuente. Frente a docenas de miradas críticas, no titubeó ni por un segundo.

Los continuos aplausos de la sala dejaron claro lo impresionados que estaban con su presentación.

Galileo, por su parte, parecía haber pasado a segundo plano.

Pero a él ya no le importaba ser el centro de atención. Sus ojos estaban clavados en Nanette, y una sonrisa involuntaria se le dibujó en los labios.

El Director Quintín notó esto de reojo, comprendiendo la situación al instante.

En la cena de esa noche, a Nanette le tocó sentarse justo al lado de Galileo.

Aunque no le hizo ninguna gracia, no podía quejarse abiertamente, pues había sido decisión de los organizadores.

Galileo se adelantó para acomodarle la silla.

Ella le agradeció con sequedad.

Cuando el ambiente se animó un poco, alguien en la mesa lanzó un comentario:

—¡Oigan! Acabo de recordar algo... La Srta. Larco y el Presidente Godoy estaban casados, ¿no?

Nanette ya se imaginaba que el tema saldría a flote temprano o tarde, así que estaba preparada.

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