—Más o menos como yo.
—¿Y en qué trabaja?
—En algo parecido a lo mío.
—¿Y es un hombre bueno o malo?
—No es malo... pero tampoco es tan bueno.
—Entonces, ¿por qué no está con la tía Nanette? Nunca he visto a ese señor y la tía tampoco habla de él. ¿Por qué?
—Es que...
Por primera vez en su vida, Noel se quedó sin palabras.
—¿Qué tanto murmuran ustedes dos?
La llegada repentina de Nanette fue un salvavidas que hizo que Noel suspirara de alivio.
—¿Ya la señora Sabina tomó el taxi?
—Sí, ya se fue.
Noel notó que ella llevaba el abrigo desabotonado y frunció ligeramente el ceño.
—A partir de ahora, cuando salgas, abróchate bien el abrigo. El clima está cada vez más frío y, como tus defensas están bajas, es muy fácil que te resfríes.
—De acuerdo.
Al girarse, Nanette vio que Tina tenía una sonrisa de oreja a oreja.
Se acercó riendo.
—Pequeña traviesa, ¿qué te tiene tan feliz?
Tina negó con la cabeza enérgicamente.
No se atrevía a decir en voz alta que hacían una pareja perfecta; si lo decía, seguro la tía volvería a regañarla.
En ese momento, llegó un mensaje de Venancio Lenso.
Confirmaba la hora y el lugar de la cena para esa noche.
Cuando Nanette y Noel salieron del hospital, se dirigieron directamente al restaurante.
Habían llegado con media hora de anticipación, pero, para su sorpresa, Venancio ya estaba allí esperándolos.
En los pocos días que no se habían visto, Venancio lucía visiblemente demacrado, casi acabado.
—No le servirá de nada buscarme. Mi oferta tiene fecha de caducidad.
—No digas cosas por rencor. A fin de cuentas, todo esto pasó por tu culpa.
El resentimiento que Venancio guardaba en su interior explotó, y sin darse cuenta, elevó el tono de voz.
—¡Entonces dime qué se supone que haga! ¡Odio a la gente que, en lugar de arreglar los problemas de frente, se hace la víctima dramática! ¿Qué pretende con este espectáculo? ¡Ya me harté de rogarle! ¡Se cree muy especial!
Nanette estaba a punto de intervenir, pero de pronto su mirada se paralizó al ver algo detrás de él y sintió un vuelco en el corazón.
Sin percatarse de nada, Venancio continuó desahogándose:
—¡Sí! Todo fue por mi culpa, ¿y qué? ¡Yo no lo hice a propósito! ¡También fui una víctima de las circunstancias! ¡Y yo también tengo tanta frustración acumulada que quiero golpear la pared!
—Venancio... —Nanette intentó advertirle con la mirada.
Pero Venancio estaba tan alterado que ignoró por completo sus señales.
—¡Ella cree que es la única que tiene derecho a enojarse! ¡Yo también estoy furioso! Ya le dije que estoy dispuesto a casarme con ella, ¿qué más quiere de mí? ¡Con el genio y los caprichos que se carga, ningún hombre en su sano juicio querría casarse con ella! Y yo, ofreciéndole...
De pronto, un vaso de agua helada le estalló en la cara.
Las palabras murieron en su garganta.

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