Isaac esperó un largo rato, pero al ver que Noel no hacía amago de devolver la llamada, no pudo evitar preocuparse.
—Joven Amo, ¿no le va a regresar la llamada a Don Joaquín?
Noel se quitó la pijama para ponerse otra ropa, dejando a la vista una espalda ancha y unos hombros bien definidos.
—Hablaremos cuando regresemos a San Lirio.
—¿Y si Don Joaquín se enoja?
Una media sonrisa asomó en los labios de Noel.
—Entonces le diré que tú no me avisaste.
Isaac se dejó caer en la cama con un lamento.
—¡Dios mío, soy inocente!
Cuando Nanette salió de la habitación, Noel ya la estaba esperando en el pasillo.
Iris se apresuró a decir:
—Sr. Cortés, Vicepresidenta Larco, me adelantaré a desayunar.
Nanette la detuvo tomándola del brazo.
—Vamos juntos.
Iris miró a Noel buscando aprobación.
Él asintió.
—Vamos juntos.
Solo entonces Iris se atrevió a seguirlos.
Al salir del elevador, Isaac retuvo a Iris un momento.
Una vez que Noel y Nanette se alejaron lo suficiente, el rostro de Isaac adquirió una seriedad inusual.
—Iris, no importa lo que veas o deduzcas, guárdatelo para ti. Nada de andar divulgando chismes allá afuera. Ya sabes que, si alguien hace algo que perjudique al Joven Amo, yo mismo me encargaré de que se arrepienta.
Iris nunca había visto a Isaac con esa expresión tan severa y amenazante, y sintió un escalofrío de miedo.
—En... entendido, asistente Isaac. No se preocupe, me limitaré a hacer mi trabajo y fingiré ser ciega y sorda a todo lo demás.
Isaac asintió con aprobación.
—Perfecto.
Dicho eso, retomó su camino.
Al dar unos pasos y ver que Iris no lo seguía, se detuvo y se giró.
—Muévete.
Iris trotó hacia él, aún con el susto pintado en la cara.
Isaac soltó una carcajada.
—¿Te asusté?
Al escuchar eso, Nanette sintió cierta empatía.
—En eso nos parecemos. A lo largo de mi vida, nunca he tenido una fiesta de cumpleaños que valga la pena.
Recordó que, cuando cumplió veinte, su padre le había prometido celebrarlo en grande, pero la señora Eloísa se interpuso, negándose rotundamente a gastar dinero en ella, diciendo que era un desperdicio.
Pero claro, cuando se trataba del cumpleaños de su propio hijo, no escatimaba en lujos.
Ese doble estándar era verdaderamente repugnante.
Noel depositó la clara del huevo pelado en el plato de Nanette y él se quedó con la yema.
—Lástima que tu cumpleaños ya pasó, pero el próximo año será diferente.
Noel no especificó qué pasaría el próximo año.
Isaac le echó un vistazo a la yema en el plato de su jefe. Sin pronunciar palabra, peló su propio huevo, separó la clara y se la dio a Noel.
Luego, tomó la yema que Noel había apartado.
Al presenciar esa interacción, Nanette sonrió levemente.
—Ayer leí en un artículo que las yemas en realidad son buenísimas para la salud. Así que de ahora en adelante dejaré de ser melindrosa. Me comeré tanto la clara como la yema.
Los ojos de Noel se llenaron de luz, irradiando pura dulzura.
—Qué niña tan obediente amaneciste hoy.
Las palabras mimosas salieron de su boca con total naturalidad, ignorando por completo que Iris estaba sentada frente a ellos.

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