—¿Sobre mi pasado?
—Sí. Sobre esa chica... la que te gustaba.
—Su apellido era Quintero —respondió Noel, en voz baja.
Nanette intentó aligerar el ambiente con una broma suave.
—Vaya, hasta recuerdas su apellido. Debió dejarte una gran impresión. ¿Estabas muy enamorado de ella en ese entonces?
—No la recuerdo porque me gustara mucho. La recuerdo porque, por mi culpa, la obligaron a transferirse de universidad.
El rostro de Noel reflejó una profunda impotencia.
—Fui yo quien la afectó.
Sintiendo el peso de la culpa en sus palabras, Nanette se apresuró a cambiar de tema.
—¿Sabes? Cuando yo estaba en la universidad, también estuve muy interesada en alguien.
La estrategia funcionó, y la atención de Noel se desvió al instante.
—¿Venancio Lenso?
—Por supuesto que no. Era otra persona. Hasta el día de hoy, sigo recordando cómo era.
Los oscuros ojos de Noel emitieron un leve destello.
—¿Ah, sí?
—Era el presidente de nuestro consejo estudiantil. Era altísimo, muy guapo, el mejor de su clase y, para rematar, el capitán del equipo de baloncesto.
Noel entrelazó sus dedos con los de ella y comentó con seguridad:
—Me parece que yo cumplo con todos esos requisitos.
Nanette se echó a reír.
—Ya sé que eres perfecto y lo puedes todo.
Noel guardó silencio por unos segundos, antes de susurrar:
—Ojalá de verdad pudiera hacerlo todo.
Apenas subieron al auto, Tina hizo una videollamada.
—¡Tía Nanette!
Gracias a los cuidados de Melba y Sabina Prieto, la pequeña Tina se veía mucho mejor. Había recuperado peso y sus mejillas lucían un tono rosado muy saludable.
El médico les había dicho que, si su progreso continuaba así, en un par de días le darían el alta. Después tendría que descansar y, si la recuperación era favorable, solo necesitaría una última cirugía estética reconstructiva.
Esa noticia había llenado de alegría a Nanette. Como futura madre, el sufrimiento de la niña le rompía el alma. Sin darse cuenta, ya había empezado a querer a Tina como si fuera su propia hija.
Nanette giró el teléfono para que Noel también apareciera en la pantalla.
Noel, divertido por la situación, confirmó:
—Tienes razón. Ya nos reconciliamos.
Tina aplaudió emocionada.
—¡Qué bueno! Entonces, ¿cuándo van a volver? ¿Podrán estar aquí cuando salga del hospital?
—Regresamos mañana —prometió Nanette—. Te prometo que te llevaremos un montón de dulces y regalos.
Pero Tina demostró ser increíblemente madura.
—No hace falta que traigan nada. Como la tía Nanette tiene un bebé en la pancita, es mejor que no cargue cosas pesadas. Aquí como súper bien. La abuela Melba, la señora Sabina y todos me cuidan muchísimo. Me tratan como si fuera su verdadera nieta.
—Está bien, pórtate bien. Iremos a verte mañana sin falta.
—De acuerdo. ¡Adiós, tío! ¡Adiós, tía!
Nanette estaba a punto de colgar, cuando Tina gritó a toda prisa:
—¡Tío, tienes que tenerle mucha paciencia a la tía! A veces se porta como una niña chiquita, ¡no seas duro con ella!
Y por temor a un regaño, la niña colgó la llamada de inmediato.
Nanette se quedó mirando la pantalla, sin saber si reír o indignarse.
—¿Y esa indirecta? ¿Me está diciendo que soy inmadura?

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