Nanette podía sentir perfectamente el ardor y el deseo reprimido en el cuerpo de Noel. Sabía que detenerse en ese punto no la afectaba tanto a ella, pero para él debía ser una verdadera tortura física.
Y ella no podía soportar verlo sufrir.
Impulsada por ese pensamiento, deslizó su mano hacia la zona más sensible de él para intentar aliviarlo.
Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Noel se apartó de un salto, poniéndose de pie de inmediato.
Nanette se humedeció los labios, recordando el sabor de sus besos.
—Déjame ayudarte.
Noel tomó dos respiraciones profundas.
—No es necesario.
—Pero tú... —Nanette bajó la mirada, señalando sutilmente la evidencia de su problema.
Por primera vez en su vida, Noel deseó que la tierra se abriera y se lo tragara vivo.
—¡Me encargo yo!
Dicho esto, corrió descalzo y se encerró en el baño.
Nanette se quedó sentada, abrazando las sábanas. No sabía exactamente cómo sentirse; todo lo que acababa de pasar le parecía un sueño surrealista.
Un sueño hermoso, pero inquietante.
Media hora después.
Noel salió del baño, llevando únicamente una toalla enrollada a la cintura.
Se miraron a los ojos, y de pronto sintieron que la barrera invisible entre ellos había desaparecido por completo.
Nanette soltó una risita traviesa.
—De verdad tienes el abdomen marcado.
Noel, recuperando su seguridad habitual, preguntó:
—¿Quieres tocar?
—Si es gratis, por supuesto.
—No te cobro dinero, pero cada toque te costará un beso. ¿Tenemos un trato?
Nanette no dudó ni un segundo.
—Trato hecho. Al final, sigo ganando yo.
Noel caminó hacia la cama, se inclinó y depositó un beso en los labios de Nanette.
—Adelante, toca.
Justo cuando Nanette extendió la mano, llamaron a la puerta.
Sintiéndose como una delincuente a punto de ser descubierta, se escondió bajo las sábanas.
Noel miró por la mirilla y abrió la puerta sin dudar.
—¿Hay alguna comisión por mi silencio?
—Sí. ¿Qué quieres?
—¿Lo que yo pida, me lo darás?
—Sí.
Gael giró la cabeza y miró a Nanette.
—Si algún día, por fuerza mayor, las cosas se complican... minimiza el daño que le hagas a ella. Que sea el menor posible.
Noel respondió sin un atisbo de duda:
—Hecho.
—Y otra cosa —agregó Gael, poniéndose inesperadamente serio—. Yo no la veo de esa manera. Desde el día que me recogió de la delegación de policía, ella ha sido mi hermana. Ella es mi única familia. ¿Te queda claro ahora?
—Totalmente claro —respondió Noel, con tono sereno.
—Perfecto. —Gael recuperó su habitual sonrisa burlona—. Aunque, si la próxima vez quieren espectadores, tampoco me opongo.
—Lárgate —le soltó Noel.
Cuando Noel regresó a la cama, vio que Nanette estaba a punto de levantarse.
Subió por el otro lado y la tiró suavemente hacia él.

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