Noel terminó de pelar el huevo y le preguntó:
—¿Prefieres la clara o la yema?
Nanette intentó calmar sus pensamientos.
—¿Tú qué prefieres?
—La clara.
Nanette respondió con picardía:
—A mí también me encanta la clara. ¿Qué hacemos entonces?
—A partir de hoy pediré dos huevos. Nosotros comemos las claras, y las yemas se las damos a Bocadillo.
Nanette sonrió.
—Le doy un noventa y nueve a esa respuesta. No te doy el cien para que no te crezcas.
—Abre la boca.
Nanette obedeció.
Noel le dio la clara y él se comió la yema.
Nanette siempre había creído que, tras la debacle de su matrimonio con los Godoy y todo el dolor causado por Galileo, su capacidad para amar había quedado completamente destrozada. Estaba convencida de que los asuntos del corazón eran trivialidades a las que ya no les prestaría atención, y mucho menos imaginó que volvería a sentir mariposas por un hombre.
Pero en ese instante, se dio cuenta de que se había equivocado.
Un hombre tan impecable como Noel Cortés había arriesgado su propia vida para salvar la de ella. Ese simple hecho era prueba suficiente de que sus sentimientos eran genuinos. Todo lo que hacía por ella iba más allá de las palabras; se demostraba en sus acciones constantes.
—Noel.
Él la miró mientras masticaba con calma.
Nanette parecía haber tomado una decisión inquebrantable.
—Estos últimos dos días estuve buscando una respuesta. Quería entender por qué te besé. Y ya la encontré.
Noel hizo un esfuerzo por tragar, y de repente, pareció congelarse en su lugar.
—¿Qué respuesta?
—La respuesta es que, tal vez, yo también me he enamorado de ti.
Noel comenzó a toser descontroladamente.
Noel la estrechó con fuerza contra su pecho, sin decir una sola palabra.
Su mente trabajaba a mil por hora, procesando una infinidad de pensamientos.
Nanette sabía perfectamente lo que pasaba por su cabeza.
Acomodándose cómodamente en su pecho, le dijo:
—Aún no termino. ¿Quieres escuchar el resto?
—¿Tengo la opción de no hacerlo?
—No. Es obligatorio que me escuches.
—De acuerdo. Te escucho.
En el fondo, él sabía exactamente hacia dónde se dirigía la conversación.
—Sé que sientes cosas por mí, y ahora ya no me resisto a esos sentimientos, porque yo siento lo mismo por ti. El amor es extraño; sabes que algo no debería ser, y aun así, te dejas llevar. Pero lo nuestro, en el fondo, está mal.
»Tú estás comprometido con la Srta. Zamora. Aunque la relación entre ustedes sea distante y el compromiso haya sido forzado por las circunstancias, ella sigue siendo tu prometida. Si damos un paso más, yo me convertiría en la tercera en discordia que destruye un compromiso.
»Odio a las amantes. Sé de primera mano lo destructivo que es cuando alguien se entromete en una relación, y me juré a mí misma que jamás sería esa persona. Pero heme aquí, convirtiéndome exactamente en eso. Para ser sincera, me siento un poco asqueada de mí misma.

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