Justo cuando Nanette estaba a punto de pasar de largo, Yolanda la llamó.
Sin darle tiempo a hablar, Nanette se adelantó.
—Si tu plan es volver a armar un escándalo en público como la última vez, te lo advierto de una vez: no cuentes conmigo. Si a ti no te importa hacer el ridículo, a mí sí me importa mi dignidad.
Yolanda sintió un chispazo de furia, pero se apagó de inmediato.
Tenía unas ojeras oscurísimas y profundas, y su mirada estaba vacía, sin rastro de brillo.
—Solo quería decirte que Galileo y yo nos vamos a casar. En un par de días iremos a firmar los papeles.
—Felicidades —respondió Nanette con frialdad—. Al fin conseguiste lo que querías.
—Sé perfectamente por qué se casa conmigo. Lo hace por la herencia de mi familia. Pero no me importa. Con tal de quedarme a su lado, lo acepto. Lo amo y no quiero separarme de él.
—No me interesa escuchar tus dramas amorosos, no tienen nada que ver conmigo. ¿Eso es todo? Si no tienes nada más que decir, me retiro.
Yolanda no dijo una palabra más.
Nanette siguió su camino sin dudarlo.
Al llegar a la puerta del reservado, algo la impulsó a mirar hacia atrás.
Yolanda también la estaba observando.
Pero esta vez, en sus ojos no había odio.
Nanette desvió la mirada y entró a la habitación.
Más tarde, al recordar aquel encuentro, la sensación de extrañeza persistía.
Sin embargo, no tenía la menor intención de indagar al respecto.
Por ella, ojalá no volviera a ver a Yolanda en lo que le quedaba de vida.
***
Unos días después.
Se dictó la sentencia definitiva para Dina Godoy.
Cuatro años de prisión.
Se rumoreaba que su abogado no había puesto mucho esfuerzo en la defensa, cometiendo un error tras otro durante el juicio.
Para un abogado defensor, eso era un error imperdonable.
Pero los que conocían la historia sabían perfectamente la razón de su negligencia.
Cuando Nanette se enteró de la noticia, ya se encontraba en el recinto donde se llevaría a cabo la competencia internacional.
Y, como era de esperarse, cruzarse con Galileo en un evento de esa magnitud era inevitable.
Galileo vestía un traje azul marino que resaltaba su postura firme y su atractivo, haciéndolo destacar fácilmente entre la multitud.
Pero tras conocer su verdadera naturaleza, Nanette ya no sentía ni la más mínima chispa de lo que alguna vez creyó sentir por él.
Galileo se acercó a ella a paso tranquilo.
—¿Nerviosa?
Nanette, que acababa de terminar de calibrar uno de los equipos, le respondió sin mirarlo:
—No tengo motivos para estarlo.
—Estoy perfectamente.
La mirada de Galileo se desvió brevemente hacia su vientre.
—¿De verdad piensas tener a ese niño?
Nanette frunció el ceño y decidió cambiar el rumbo de la conversación hacia un tema que sabía que a él le resultaría incómodo.
—Tu hermana terminó en la cárcel. Supongo que debes estar feliz.
Como era de esperarse, el rostro de Galileo se transformó de inmediato.
—Yo no tengo hermana.
—Fueron familia durante más de veinte años. ¿De verdad no sientes absolutamente nada por ella?
—¿Sentir algo? —replicó él—. Si descubrieras que te han engañado toda la vida, ¿seguirías sintiendo algo?
Nanette no supo qué responder a eso.
Tenía razón.
Visto desde otra perspectiva, Galileo también era una víctima en todo ese asunto.
¿Quién tenía la culpa? ¿Bajo qué estándar se podía juzgar una situación así?
Apenas había disfrutado de un par de minutos de silencio cuando él volvió a hablar.
—¿El señor Cortés no vino?
La mano de Nanette, que sostenía el vaso de agua, se detuvo en seco.

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