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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 585

Nanette ya estaba preparada para esa pregunta.

—Después del fracaso, me sentí devastada. Estaba en el hoyo. Quería hablar contigo, necesitaba tu consuelo, pero en esos días... —Hizo una pausa calculada, observando la reacción de Galileo por el rabillo del ojo—. En esos días, no te despegabas de Yolanda. Yo solo podía mirar de lejos, sin derecho a decir ni media palabra. Así que...

»Me dio tanta rabia que volví a hacerme la inseminación. Quería un hijo, necesitaba demostrarme a mí misma que no era estéril. Así que utilicé una muestra anónima del banco de esperma del hospital.

Galileo se estremeció, impactado.

—¿Usaste el esperma de un extraño?

—Sí —respondió Nanette sin inmutarse—, usé el esperma de alguien más.

—¡De quién!

El rostro de Galileo se oscureció de forma aterradora.

—No lo sé. Ya sabes cómo funciona esto. El hospital protege celosamente la identidad de los donantes. Jamás me darían esa información.

Galileo abrió la boca para gritarle, pero se tragó las palabras, enterrando la furia en lo más profundo de su pecho.

No quería estallar contra ella, pero la frustración lo estaba consumiendo.

No podía soportar la idea de que ella llevara en su vientre el hijo de otro hombre.

Incluso si solo era producto de una clínica.

¡No lo iba a permitir!

—Deshazte de ese bebé.

Una ligera chispa de asombro cruzó la mirada de Nanette.

—¿De verdad crees que tienes el derecho de pedirme algo así? Además, es mi sangre. ¿Por qué habría de abortarlo?

Galileo dejó escapar un suspiro pesado.

—Es un niño sin origen claro. Cuando crezca y te pregunte quién es su padre, ¿qué le vas a decir?

—Le diré lo que tenga que decirle. Ese es mi problema, no tienes por qué preocuparte.

—Pero...

—Galileo.

Quizás por el desgaste de su discusión con Camila, Nanette se sintió repentinamente exhausta.

—Mejor ve al hospital y busca tratamiento. Si no lo haces, la familia Godoy de verdad se quedará sin herederos.

Dicho esto, abrió la puerta para bajarse del auto.

Pero Galileo la agarró de la muñeca.

Cuando la perdió de vista, sintió como si le hubieran arrancado un pedazo del pecho. Una sensación de vacío tan desesperante que lo volvía loco.

¿Por qué esa mujer tenía cada vez más poder sobre él?

***

Puerto Alba.

La ciudad estaba envuelta en una densa niebla bajo nubes grises. Una llovizna fina comenzó a caer y, poco a poco, fue ganando fuerza.

El apuesto hombre, vestido impecablemente de negro, se mantenía erguido y solemne frente a la lápida.

Llevaba allí de pie casi media hora.

En la fotografía de la tumba, una mujer sonreía con dulzura y elegancia, irradiando el porte inconfundible de la alta sociedad.

Isaac se acercó y abrió un paraguas.

—Joven Amo, deberíamos volver. La lluvia está empeorando.

Noel salió de su ensimismamiento y murmuró para sí mismo:

—El tiempo... vuela.

—Así es —asintió Isaac—. Ya pasaron tres años en un abrir y cerrar de ojos. A veces sigo teniendo la ilusión de que la señora no se ha ido, de que solo se mudó a un lugar tranquilo en las montañas. ¿No decía siempre que de mayor quería retirarse a un lugar hermoso y rodeado de naturaleza?

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