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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 570

—Sigamos —ordenó Noel, sin ánimos.

Isaac, recordando algo repentinamente, preguntó:

—Por cierto, joven amo, ¿leíste las noticias de hoy?

Noel tragó saliva, sintiendo la garganta reseca.

—Sí.

—¿Y tú qué opinas? ¿Crees que fue obra de la señorita Zamora, o fue don Joaquín quien filtró la información a la prensa?

El tono de llamada del celular de Noel interrumpió la conversación.

Era Jovita Zamora.

—¿Noel, estás ocupado? ¿Podemos hablar?

Como siempre, su tono era sumamente educado y considerado, asegurándose primero de no interrumpirlo.

Fiel a su costumbre, Noel respondió escuetamente:

—Dime.

—Yo no tuve nada que ver con la noticia que salió hoy en los medios.

—Lo sé.

Jovita soltó una risa ligera.

—Sabía que creerías en mí aunque no te diera explicaciones, pero preferí aclararlo de todos modos. Además, era una buena excusa para llamarte.

Noel guardó silencio un par de segundos.

—De acuerdo.

Jovita percibió la frialdad en su tono.

—¿Estás bien? Suenas un poco desanimado.

—Todo en orden.

—No, sé que algo te molesta. ¿Es por la noticia?

Noel se frotó las sienes con cansancio.

—Un poco.

—Son nuestros mayores —explicó Jovita—, están demasiado impacientes por oficializar las cosas.

Impacientes era poco.

Parecía que les urgía que cada habitante de San Lirio se enterara de su relación.

Seguramente, Nanette también había leído la noticia...

La voz suave y comprensiva de Jovita volvió a escucharse a través del auricular.

—Sé lo mucho que te desagrada este tipo de publicidad. Te ofrezco una disculpa en nombre de nuestras familias. Pero no te preocupes, mantengo mi promesa. No voy a presionarte de ninguna forma; estoy dispuesta a esperar el tiempo que haga falta para que cambies de opinión.

En realidad, casi no había probado la comida en el restaurante, pero con todo lo que había pasado, había perdido por completo el apetito.

—Melba, ¿qué está haciendo? —preguntó, señalando las manos de la mujer.

—¡Ah, esto! Le estoy tejiendo un suéter al bebé. —Melba rio por lo bajo—. Tenía años sin tejer, mis manos están un poco torpes.

Un calor reconfortante abrazó el corazón de Nanette.

—Pero si todavía falta mucho para que nazca.

—¡Qué va a faltar! El tiempo vuela. En un parpadeo ya cumplirá los tres meses, y en otro parpadeo ya lo tendremos aquí. Además, me sirve para entretenerme.

Nanette frunció el ceño con preocupación.

—No se esfuerce demasiado, por favor. Su brazo todavía no está recuperado al cien por ciento después de la caída.

—¡Ay, señorita, eso ya es historia antigua! —Melba agitó el brazo en el aire con energía para demostrarlo—. ¿Ve? Estoy como nueva. Aquí en su casa como muy bien y no me falta nutrición. Además, con todos los suplementos que mandó el señor Cortés con Isaac, mi recuperación ha sido rapidísima.

Al escuchar ese nombre, el corazón de Nanette dio un vuelco doloroso e inexplicable.

Intercambió un par de palabras más con Melba y se excusó para ir a su habitación.

Temía que, si se quedaba más tiempo en la sala, sus emociones la traicionaran y Melba se diera cuenta de su tristeza.

Pero, ¿por qué se sentía tan abatida?

Si había sido ella misma quien había echado a Noel.

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