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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 568

—Yo... —Isaac la miró, desarmado.

¡Si hubiera podido, claro que lo habría detenido!

¡Pero su jefe no escucha razones cuando se trata de ella!

¡Por Dios!

¿Qué mosca le había picado a su Diosa hoy?

¿Por qué estaba tan furiosa?

¡Tampoco era para tanto!

Noel no dijo una palabra más, e Isaac prefirió guardar silencio.

La tensión en el aire era insoportable.

Finalmente, Noel rompió el hielo.

—Fui un entrometido.

Sin agregar nada, dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Isaac fue tras él al instante.

Al ver la espalda de Noel perdiéndose en la noche, Nanette sintió un pinchazo doloroso en el pecho.

¿Qué le pasaba?

¿Por qué había explotado de esa forma?

¿Acaso fue porque notó que los labios de Noel seguían pálidos?

¿O porque el simple pensamiento de que sus heridas pudieran abrirse la llenaba de pánico y angustia?

Iris, que había estado congelada por la tensión, al fin logró articular palabra.

—Nanette...

Nanette soltó un suspiro profundo, cargado de frustración.

—Sé lo que vas a decir. Que me pasé de la raya, que después de todo él es mi jefe y no debí humillarlo así.

Iris asintió en silencio.

Aunque en el fondo, se daba cuenta de que aquella rabieta era solo una demostración torpe de cuánto le preocupaba la salud del señor Cortés.

Nanette no tenía ganas de seguir hablando.

—Iris, será mejor que te vayas a casa.

La chica la miró con preocupación.

—¿Y tú...?

—Estaré bien. Me iré en un momento.

Iris vaciló un instante antes de preguntar:

—¿Estás enojada conmigo?

—No, no lo estoy.

La única persona con la que estaba enojada era consigo misma.

A veces, por ser demasiado compasiva, terminaba acorralándose a sí misma.

Una vez que Iris se marchó, Nanette se quedó parada en la acera, dejando que el viento gélido de la noche le azotara el rostro.

Hacía mucho frío.

—Oye, hermanita, ya hace mucho frío. Vámonos a la casa.

Nanette empezó a caminar sin siquiera mirarlo.

—Vete a tu casa.

No hubo respuesta ni sonido de pasos detrás de ella.

Le pareció extraño. ¿De verdad se había rendido tan fácil?

Se detuvo y miró hacia atrás.

Félix estaba sentado en el borde de una jardinera, hecho un ovillo, temblando de frío.

Sintiéndose incapaz de abandonarlo así, Nanette regresó sobre sus pasos, abrió su bolso y sacó dos mil pesos en efectivo.

—Toma este dinero y búscate un hotel para pasar la noche. Pero mañana a primera hora regresas a la casa de tu madre.

Félix hizo un mohín de disgusto.

—¿Y qué voy a hacer con esto? Una suite en un hotel de cinco estrellas cuesta muchísimo más.

Nanette puso los ojos en blanco.

—¿De cinco estrellas? ¡¿Acaso te crees un rey en el exilio?! ¡Tómalo o déjalo!

Hizo el amago de guardar los billetes, pero Félix se los arrebató de las manos.

—Bueno, peor es nada. Ya me voy al hotel, me estoy congelando.

Félix salió corriendo a toda prisa.

A lo lejos, desde las sombras, su voz resonó una vez más.

—¡Oye, Nanette! ¡Deberías casarte conmigo, así podríamos seguir siendo familia!

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