Yolanda Camoso contuvo el éxtasis que le desbordaba el pecho.
Ese era su mayor anhelo.
¿De verdad iba a convertirse en su esposa?
—¡Gali! —Yolanda se lanzó a los brazos de Galileo Godoy—. No me estás mintiendo, ¿verdad?
La sonrisa de Galileo desapareció al instante.
—¿Cómo crees? Si no volví a casa en toda la noche fue justamente porque estaba preparándote una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
—Así es.
Galileo la separó con suavidad y sacó de su bolsillo una cajita de terciopelo azul.
Al abrirla, reveló un anillo de compromiso.
El diamante era enorme.
A simple vista, quedaba claro que costaba una fortuna.
Y es que Galileo conocía a la perfección los gustos de Yolanda. Los bolsos tenían que ser carísimos, sin importar lo feos que fueran; la ropa, de diseñador, por más extravagante que resultara; y los diamantes, enormes, porque mientras más grandes, más feliz la hacían.
Por eso, ni siquiera se molestó en revisar si el diseño era elegante; se limitó a escoger la piedra más grande que encontró.
Tal como esperaba, Yolanda estaba eufórica.
—¿Esto es para mí?
Cada palabra suya sonaba a pregunta, incapaz de creer lo que veía.
—¿Te gusta? —preguntó Galileo.
Yolanda asintió sin parar.
—Me encanta, me fascina.
—¿Te lo pongo?
—Sí, por favor.
Yolanda extendió la mano. Al ver cómo Galileo le deslizaba el anillo por el dedo, sintió que le temblaba el pulso.
Una vez puesto, se quedó admirándolo un buen rato antes de plantarle un sonoro beso en la mejilla a Galileo.
Un destello de repulsión cruzó la mirada del hombre, pero se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.
Yolanda se acurrucó contra su pecho, repitiéndole una y otra vez:
—Gali, te amo, de verdad te amo muchísimo.
Galileo se obligó a abrazarla, susurrándole palabras dulces al oído.
***
Nanette Larco se quedó trabajando hasta tarde en la empresa.
Cuando miró el reloj, pasaban de las ocho de la noche, así que recogió sus cosas, lista para irse a casa.
Su secretaria, Iris, tampoco se había marchado.
Pero Iris insistió en hacerlo por ella, así que Nanette no tuvo más remedio que dejarla ir.
Se quedó esperando afuera del local.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que escuchara un alboroto proveniente del interior.
Una de las voces era, sin duda, la de Iris.
La otra, por desgracia, también le resultaba bastante familiar.
Nanette entró a la pastelería.
Efectivamente, se trataba de una vieja conocida.
Y no solo estaba Eloísa, sino que venía acompañada por ese Cachorro que había visto en el asiento del copiloto aquella misma mañana.
Había que admitirlo, el chico era muy atractivo: alto, de complexión fornida y músculos bien definidos. Justo el tipo de hombre joven que hacía suspirar a las mujeres adineradas.
Al ver a Nanette, Eloísa se quedó petrificada.
Nanette, en cambio, mantuvo la calma. Fingiendo no conocerla, se dirigió a Iris.
—¿Qué pasó?
Iris la miró, un tanto indignada.
—Quería comprarle ese pastelito de mango, pero solo quedaba uno. Ya estaba a punto de pagar cuando esta señora dijo que también lo quería. ¡Y eso que ya había pedido otras cosas! De repente cambió de opinión, diciendo que ese se veía más rico y que quería cambiarlo.
»Me exigió que se lo cediera, y como me negué, se puso súper prepotente. Empezó a decir que estaba dispuesta a pagar el doble o el triple por él. Me dio tanto coraje que le respondí un par de cosas.

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